Nacho Barrio

Las pasas y las prisas

29/05/2026
 Actualizado a 29/05/2026
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La calle La Torre resume bien lo que somos. Hay una escena que se repite allí casi cada mañana. La calle huele a humo aromatizado y a prisa adulta. Un coche llega de Ramón y Cajal directo al paso de peatones, muchas veces más apurado de lo que recomienda el código, mientras un grupo de niños cruza camino del colegio. Alguien acaba pitando porque tardan demasiado. No es impostura. Simplemente cruzan como cruzan los niños: despacio, distraídos, hablando entre ellos, mirando cualquier cosa que no tiene ninguna importancia y al mismo tiempo la tiene toda.

Los niños todavía no han aprendido a tener prisa.

Y eso, en una ciudad como León, empieza a resultar casi contracultural. Desde hace un tiempo vivimos empeñados en correr sin necesidad. Cazurros andando por Ordoño como si perdieran un enlace en Nuevos Ministerios y coches acelerando para llegar treinta segundos antes al siguiente semáforo (ha habido gente que ha logrado hacer la trimestral del IVA en lo que dura el disco en rojo). Hemos exportado de la Villa y Corte una prisa que no es nuestra.

En estas, los niños siguen a lo suyo. Caminan despacio porque todavía creen, seguramente con razón, que el mundo les va a esperar. O porque, como hacía un servidor cuando cargaba la mochila, pensaba que todo mejoraría si tardaba más en llegar a casa. Que mi padre se enfadaría menos si las notas se demoraban gracias a mi lento caminar.

De aquellos días tengo el recuerdo de mirar a los adultos como si fueran una raza aparte. Gente rarísima que sabía cosas, pagaba facturas y tenía conversaciones larguísimas sobre seguros o sobre un vecino que aparcaba regular. Los veía como ovnis perfectamente organizados para los que, sin saber muy bien por qué, llegar a fin de mes era poco menos que coronar el Alpe D’Huez de amarillo.

Ahora el ovni soy yo.

Lo noto especialmente con mis vecinas pequeñas. Cuando coincido con ellas por la mañana y aparezco con cara de sueño, barba torcida y gesto de lunes me observan con una mezcla de desconfianza y curiosidad científica. Como si sospecharan que detrás de esa puerta viviese un ogro demasiado viejo para entenderlas. 

Y quizá no anden muy desencaminadas. Porque uno empieza a detectar señales preocupantes. El otro día me sorprendí comiendo pasas sin poner cara de asco. Ocurrió la misma semana que me bajé en el móvil una aplicación para jugar a la brisca online. Eso me distrae de entrar cada pocos días en la oficina virtual tributaria para comprobar cuándo me pasan el IBI, como si un día el LeónAyto me fuese a premiar por ser el visitante 1.500. 

También empiezo a entender cosas que antes me parecían incomprensibles. Por ejemplo, esa obsesión adulta por decirles a los niños que corran, que espabilen, que se den prisa. Supongo que uno llega a cierta edad y empieza a sentir que siempre llega tarde a algún sitio, cuando la realidad es que cada vez llega antes donde nunca pensó que aterrizaría.

Por eso quizá me dio pena aquel sonido intempestivo de claxon en La Torre. 

Porque mientras todos vivimos acelerados, los niños siguen caminando despacio como si todavía supieran algo que nosotros hemos olvidado.

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