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El partido que estamos perdiendo

06/06/2026
 Actualizado a 06/06/2026
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Llevo ya algún tiempo queriendo hablar sobre el hartazgo que me produce la cada vez más habitual relación existente entre la violencia y el deporte, especialmente el fútbol. Lo preocupante es que la tendencia es ascendente y las consecuencias de ello son nefastas, y aún lo serán más si quienes tienen que tomar las medidas oportunas no lo hacen y si, de manera individual, no ponemos de nuestra parte.

Como amante del fútbol, me revuelve las entrañas ver cómo salvajes utilizan este deporte para canalizar la violencia que corre por sus venas. Pero, cuando me refiero a salvajes, no piensen que estoy pensando únicamente en los animales que arrasaron París durante la celebración de la Champions League, registrándose un muerto y varios centenares de detenidos. Esto, podríamos decir, es el mayor grado de barbarie utilizando como coartada un balón de fútbol, pero hay muchas más situaciones que demuestran que estamos en fuera de juego.

¿Cómo no vamos a levantar el banderín desde la banda de la cordura cuando hace unas semanas seguidores del Eibar y de la Cultural convirtieron las calles de León en un campo de batalla? ¿Cómo pretenden que los que de verdad amamos el fútbol no veamos ilógico que se prohíba acceder a un estadio con la camiseta del equipo rival? Si una persona no es capaz de aceptar que delante de ella haya un padre con sus hijos viendo a su equipo, ataviados con sus camisetas, es que sobra en un estadio. ¿Cómo no va uno a sentir vergüenza ajena cuando padres de chavales que juegan en categorías inferiores insultan al árbitro o se encaran, con los ojos inyectados en sangre, con otros progenitores? ¿Cómo podemos haber normalizado que individuos apedreen los autobuses del equipo contrario? ¿Cómo aceptamos que jóvenes y adultos se comporten de manera racista y xenófoba dentro de un estadio? Y así podría continuar compartiendo ejemplos merecedores de tarjeta roja directa.

Hace varias décadas, los ultras campaban a sus anchas por los estadios de fútbol, con la complicidad de los máximos dirigentes de los clubes, pero, por suerte, la mayoría de ellos se dieron cuenta de que esa gente, por muy fiel que pareciera ser al equipo, sobraba y no era merecedora de animar desde el fondo a sus jugadores. Es triste, pero da la sensación de que estamos retrocediendo y volviendo a unos tiempos oscuros, en los que los violentos eran los dueños de la pelota. Por esta razón, no permitamos que unos pocos, pero que hacen mucho ruido, nos roben la pasión que nos regala el fútbol cada vez que el árbitro pita dando la orden de que el balón comience a rodar.
 

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