03/01/2016
 Actualizado a 16/09/2019
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Están las calles de León llenas de Navidad. De luces de colores, de ruido, de compras, y de caras conocidas que uno no ve el resto del año pero se encuentra estos días en cada rincón. Hay magia, en sentido literal gracias a ese festival internacional que cada año tiene más éxito; y música, y huelen mejor las castañas del Changai y los churros de la camioneta que aparca tras la iglesia de San Marcelo. En la calle Ancha, un grupo de jóvenes trata de financiarse el viaje a la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia cantando villancicos a pleno pulmón. Se ha instalado una enorme pista de hielo en el aparcamiento del edificio de la Junta, de las de verdad, no como la que el año pasado sustituía el hielo por un suelo de plástico resbaladizo, y se ha repartido una feria por nuestras calles y plazas con atracciones tan refulgentes que hasta consiguen que quede bien integrado en estas fechas el colorinche de la fuente de Santo Domingo, tan kitsch él. La Asociación Belenista de León ha logrado que el Ayuntamiento incluya en su programa oficial una ruta con hasta 26 belenes tradicionales que pueden visitarse en nuestra ciudad, algunos espectaculares e imprescindibles, y casi siempre abarrotados. Y hay teatrillos, y talleres infantiles, y pasacalles. Debe felicitarse al Ayuntamiento por el programa de este año.

A mí todo esto me encanta, como me encanta el soniquete de los niños de San Ildefonso, la botella que se descorcha con los amigos antes de la cena de Nochebuena, las reuniones familiares con los parientes de fuera, el mensaje del Rey, las uvas, la foto del primer bebé del año de la provincia (mira que salió guapo Mario), el olor a lechazo, el zapato de la noche del 5 de enero y el roscón del desayuno del 6. Y por eso me cuesta tanto entender que los nuevos alcaldes Peppone del contubernio PSOE-podemita, apenas recién empuñado el bastón de mando, se hayan apresurado a eliminar belenes y boicotear cabalgatas de Reyes.

Tengo para mí que no es la cuestión religiosa lo que les enoja, la Navidad se ha banalizado tanto que cualquiera puede disfrutarla sea cual sea su fe o su falta de ella. Quizá lo que les exaspere sea precisamente que se trata de la fiesta menos excluyente que existe. Que a la gente, sean cuales sean sus creencias, le apetece celebrar la familia y la amistad, reunirse y regalarse, aunque sea para bien del Corte Inglés y con la coartada de un Santa Claus vestido de rojo por la Coca-Cola. Estamos lejos de que la chorrada del solsticio consiga algo así.
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