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Un par de píldoras

01/02/2026
 Actualizado a 01/02/2026
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Hay veces que eso de las mociones (y no las de censura, precisamente) es un cuento chino. O un lavatorio de manos y un quedabién. Nada nuevo bajo el sol. En la Diputación se aprobó una el último miércoles presentada por la UPL, eso sí, a vueltas y revueltas con lo de la integración de Feve en el centro de la ciudad. Y hasta se discutió el documento, oiga. Qué cosas. Total, para qué; pues para nada. En esto del tren de Matallana mucho bla, bla, pero al final ni una peladilla que llevarse a la boca. Aún esa carencia los leonesistas resisten el dúo. Cogobiernan el Palacio de los Guzmanes y quieren continuar hasta el final del mandato. Una vara de mando entre las manos es muy tentador y el PSOE, con estos socios de la bandera carmesí, va bien en la burra. 

Total, se firman los pactos, se incumplen los que no interesan a la matriz central, al ministerio, y aquí paz y después gloria. Si esta es la estrategia que la muchachada pro autonomía de León se echa al morral, cabe concluir que lo suyo es una labor de enfermería, un dispensario para atender la posible falta de oxígeno de los socialistas en diversas cuestiones. Eso es todo. Y lo bordan. Hay más días que sandías, pensarán, pero el huerto se agosta. 

Otra de las noticias sustanciadas la semana del 23 último fue el pase a mejor vida –que ya es difícil, dado el caso– del expresidente de la Junta, Juan Vicente Herrera. Cumplió los 70 y, en su virtud, quedó exonerado de sus responsabilidades en el Consejo Consultivo. Concluyó la fiesta. Se acabó lo que se daba. Que no era poco si de salarios se habla. Herrera, con su aire de mozo castellano oriundo de Burgos –facha y espejo que le duró dieciocho años como responsable del Ejecutivo autonómico– parecía que no rompía un plato. Un modosín, que se dice por tierras leonesas de quien no da un ruido.

Y el hombre, con ayuda o sin ella (más bien lo primero), se cargó una vajilla completa –incluidos los de postre–, cuando se fijó (es una forma liviana y gentil de expresarlo) en el Ayuntamiento de León, del que Emilio Gutiérrez era alcalde. Y se lo cepilló –a Gutiérrez, claro– sin razones ni motivos. Y sin explicaciones. Por la puerta de atrás. Pese a la mayoría absoluta en las municipales de 2011 con quince actas –todo un hito para el relato del PP local– y la impecable gestión que se llevó a cabo, incluida la importantísima reducción de la deuda consistorial, el seráfico burgalés le pegó un puntapié al regidor. Fuera. Y se rompió con ello, además, el canon del propio partido: quien ganaba las elecciones, repetía. 

Una mañana soleada y con los hechos consumados, coincidieron uno y otro a la salida de un acto desarrollado en el Auditorio. Y Herrera, con una sonrisa que le llegaba a la nuca, le dijo al alcalde en presencia de varios testigos: «Emilio, tenemos que hablar». La callada por respuesta. Jamás hubo conversación alguna y, por lo tanto, justificación (?) del porqué del ajusticiamiento político. Un dije este Herrera.     
 

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