Va ya para ocho años desde que un maldito tropiezo, una desgraciada caída nos privó de la compañía amable y sabia del amigo Bernardino M. Hernando, a quien muchos seguimos echando mucho de menos. Contaba medio en broma el entrañable profesor leonés que Dámaso Alonso le tenía cierta envidia, cada vez que coincidían, porque su selecta biblioteca de unos treinta mil libros era mayor que la del académico. Duelo libresco de poetas. Al menos Don Bernardino logró poner en marcha con sus donaciones una estupenda biblioteca municipal en su pueblo natal, aunque es posible que con el tiempo quede sólo una placa con su nombre, una taracea con su foto y un espacio cerrado; o destinado a otros usos. O ni eso, porque algún insignificante alcaldín intonso y resentidillo ya quiso descolgar el retrato, muy al estilo de la difunta con la placa de García Prieto en el Etnográfico; ¡así se las gastan allí! La idea del querido profesor era seguir nutriendo las bibliotecas de la Asociación de la Prensa (APM) y de la Universidad Complutense de Madrid, en las que fue archivero y profesor respectivamente. La fatalidad truncó esas ilusiones y motivó desde entonces el incierto destino de sus libros. Lástima.
Otro caso próximo. Antonio R. fue el penúltimo editor, en los noventa, del conocido sello nacional Biblioteca Nueva, que había publicado a tantos grandes escritores de hace casi un siglo y emprendido exitosas colecciones. Eso le llevó a reunir, acumular más bien, miles de libros repartidos entre sus tres domicilios de León, Mansilla del Esla y Madrid, un fondo cuyo rumbo futuro parece ser también la dispersión y en última instancia el extravío. Puede que el avispado editor haya conseguido colocar algún lote, una pequeña parte, en el mundillo de librerías de viejo; sí, seguro que sí, pero al fin ocurrirá que se desperdicie otra biblioteca valiosa, cuidada con mimo durante años. Son los tiempos: sobrinos en un caso, hijos en el otro, familias que reniegan de esa herencia.
Y así están las cosas del papel. Con ser dos ejemplos extremos, son sintomáticos pues igual sucede con muchas otras bibliotecas `caseras´ que siguen el mismo camino. Las bibliotecas municipales se despiertan con grandes bolsas de libros a la puerta, como cuando se deposita al abuelo en la residencia. De hecho, suele darse esa equivalencia: falta el abuelo, sobran sus libros. A la vez, algunas bibliotecas practican selección y expurgo con criterios cuestionables (novedades sí, clásicos fuera). Total, libros y bibliotecas con fecha de caducidad. Y aquí viene lo bueno. Resulta que el mundo del libro está de capa caída y está que se sale. Resulta que aparecen bibliotecas enteras en el Rastro y se publican noventa mil títulos al año. Resulta que se lee más que nunca -dicen- pero nadie comprende lo que lee (informe Pisa) es decir, se lee mal, sin fluidez ni aprovechamiento. Lectura de masas, simple; no lectura profunda, exigente y sosegada. Así de contradictorio es todo, ¿quién lo entiende?
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