Descubrí este verano un breve ensayo del papa Francisco sobre “el papel de la literatura en la formación”. Apenas en cinco mil palabras se refiere a la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal; un texto que inicialmente iba dirigido a la formación de sacerdotes pero que extendió a cualquier cristiano. Mientras daba clases de literatura en Santa Fe en el colegio jesuita entre 1964 y 1965, con 28 años, aprendió de sus estudiantes que la «literatura tiene que ver, de un modo u otro, con lo que cada uno de nosotros busca en la vida, ya que entra en íntima relación con nuestra existencia concreta, con sus tensiones esenciales, sus deseos y significados».
La literatura se hace indispensable «para un creyente que quiera sinceramente entrar en diálogo con la cultura de su tiempo, o simplemente con la vida de personas concretas».
Menciona lo que muchos científicos sostienen del hábito de lectura: ayuda a adquirir un vocabulario más amplio y por tanto a desarrollar diversos aspectos de la inteligencia, estimula la imaginación y la creatividad lo que permite aprender a expresar los propios relatos de una manera más rica, mejora la capacidad de concentración, reduce los niveles de deterioro cognitivo, calma el estrés y la ansiedad y mejor aún: «Nos prepara para comprender y, por tanto, para afrontar las diferentes situaciones que pueden presentarse en la vida».
La lectura nos permite «escuchar la voz de alguien», como nos recordaba Borges. Nos ayuda a discernir sobre nosotros mismos: «Se despliega el escenario del discernimiento espiritual personal, donde no faltarán las angustias e incluso las crisis».
Ganamos en distancia, lentitud y libertad: «La literatura se vuelve un gimnasio en el que se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio».