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Panorama desde el puente

05/02/2016
 Actualizado a 18/09/2019
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Ese es el título de una obra de teatro de Arthur Miller, famoso porque lo era y porque estuvo casado nada menos que con Marilyn Monroe, y que, convertida en película, allá por los sesenta, fue protagonizada por Raf Vallone. Pero no se trata de eso, sino, solamente, del título.

Los puentes son algo especial, están presentes en todas partes y sirven para muchas más cosas que aquellas a las que obviamente los dio origen.
Porque¿Quién, alguna vez, en algún momento de su vida, no se ha parado en el medio, con vistas sobre campos y ciudades, simplemente a mirar? Desde arriba, sin obstáculos.

Simbólicamente se trata de eso, de mirar el panorama local, provincial y nacional, que las diferencias son pocas, de cómo está este mundo del ladrillo.
Las perspectivas no son buenas, desde luego a corto y medio plazo, pero se saldrá de ésta, que peor estábamos en los cuarenta. Aunque, por supuesto, nunca volverá a ser igual.

Para empezar, construimos en seis años todas las viviendas que necesitábamos, y más de un edificio o infraestructura a mayor gloria de algún político o consejero de caja.

Me decía un arquitecto holandés «no os extrañéis, que nos pasa como a nosotros: hace años que en Holanda no se edifica nada, pues ya lo tenemos todo construido». La diferencia es que aquí, por las trazas, es todo y más.

Por el camino se nos fueron quedando promotores y constructores, grandes y pequeños, de aluvión y de los de siempre, a veces arruinados y, a veces, hartos. Y los que quedan, lo hacen como pueden, unos en la diáspora, buscando curro allende los mares, peleando con las mordidas de allá y acullá, y otros sobreviviendo con reformas y trabajillos ocasionales.

Y con ellos, todo lo de alrededor: arquitectos, aparejadores, ingenieros, encargados, albañiles, oficios mil en definitiva.

Dicen que hay miles de viviendas vacías a la espera de ser adquiridas. No sé cuantas, no me atrevo a dar un número, pues los datos dados por unos y otros varían en miles, pero son muchas, muchísimas.

Y cuando hablas con aquellos que aún mantienen la llama, los que sobreviven, cuando les preguntas, no encuentras demasiada alegría en las respuestas.
Unos, los más, desesperados hibernando, con edificios terminados y a medio vender, ahogados por los gastos de la comunidad e impuestos de esos inmuebles, que han de sufragar como propietarios, y que no están dispuestos a mover un euro en nuevas construcciones mientras, como es lógico, no se quiten de encima todo lo que tienen en cartera.

Otros, a la espera de que se clarifique el escenario, con el riesgo de que, cuando se clarifique, estén tan hartos ya de esperar, que hayan cerrado el chiringuitos. Eso si no están criando malvas, tales son los tiempos que se otean en el horizonte.

Y otros, los más agresivos, o los más desesperados, que vaya usted a saber, haciendo pinitos en otras tierras ignotas y desconocidas, de manos de gente avispada, a veces hasta honesta, jugándose el pan en una nueva manera de emigración.

Recuerdo, al principio de esta debacle, los comentarios de más de uno, y juro por Snoopy que es cierto, alegrándose de que esos constructores se fueran a la porra. Sí, los constructores, que sí que es cierto que en más de un caso grandes las han hecho, y que se fueron a la porra ¿Y todos los que colgaban de ellos, que son, somos, muchos, pero muchos más?. Pero claro, en este país de envidias y resquemores, quede yo tuerto si el otro queda ciego. Aunque, a veces, también me quedo yo ciego.

Además, que nadie lo dude: más tiene un rico empobrecido que un pobre enriquecido.

Pero somos así, qué le vamos a hacer.

¿Y de grúas, como vamos?

Pues no vamos. Es evidente que el dinero sigue ahí, y que el que lo tenía, lo tiene, pero es miedoso. En cualquier caso, la llegada a licencia en cualquier ayuntamiento, grandes incluidos, de una vivienda unifamiliar, nombre técnico de lo que siempre se llamó chalét, es una cosa noticiosa, y, con los polígonos exteriores paralizados, lo único que se ve de cierta enjundia son rehabilitaciones de edificios en el centro, cosa lógica y adaptada a la realidad: una demanda pequeña pero con capacidad adquisitiva suficiente a la que se responde en igual medida, es decir, oferta pequeña y de precio alto.

Pero eso es poca cosa para lo que esto fue, y aunque el mal de muchos sea el consuelo se los tontos, tampoco por ahí afuera van mucho mejor. Cierto que las grandes ciudades tienen mejores perspectivas, pero no todas, sino solamente aquellas que por industria o turismo, o ambas cosas a la vez, tienen mejor defensa.

Porque aquí, desaparecidas en combate las fuentes de riqueza de los años sesenta y parte de los setenta (minas, lúpulo, ganadería, centros institucionales y empresas de cierta importancia), la provincia se despuebla y va convirtiéndose, poco a poquito, en residencia de jubilados, viviendo de la ubre de la subvención, la pensión y la ayuda del paro.

Para terminar de arreglarlo, el momento político actual tampoco ayuda mucho que digamos. Nuestros altos representantes más bien parece que estén jugando a las cuatro esquinas. Y la casa sin barrer. En esas condiciones, puesto que ya quedó apuntado que el dinero es miedoso, dile tú a un empresario que saque un euro para invertir, que hay que ser un héroe para hacerlo, sin saber si en el futuro se lo va a llevar la marea.

Quizás nos malacostumbramos. A lo mejor nos creímos que éramos ricos. Tal vez nos vimos como los reyes del mambo. Menudo mamporro nos ha dado la realidad. Y menudo panorama. Desde el puente, desde el cielo o desde la tierra. Es igual.
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