Cataluña se bate en retirada, reclama su independencia o al menos el derecho a manifestar su voluntad para obtenerla. Este deseo viene de antiguo. Yo era una niña cuando Pujol presidía Convergencia con idénticas aspiraciones. Hoy, ese ardor secesionista es mucho más fuerte, se suman generaciones que han sido educadas en el separatismo, sea éste justificable o no. Hemos sido adiestrados por y para el odio, el contigo o contra mí. Los diferentes gobiernos de España han ido cediendo más y más y son cómplices de esta brecha que hoy nos divide, porque no han sabido gestionar una cuestión que debería solucionarse mediante el entendimiento y la razón, y no por intereses políticos de toda índole, que es en el fondo lo que estimula esta insurgencia disfrazada de independencia, libertad y justo reconocimiento a unas señas de identidad que nadie pone en duda, identidad que yo admiro y respeto. Todo pueblo tiene la suya.
Me pregunto si todos aquellos catalanes cuyo ‘sí’ se debe a una cuestión identitaria o, aún peor, al «España nos roba» (tan bien vendido por los políticos de turno, ávidos de una coartada ilimitada a sus maniobras orquestales en la oscuridad), son conscientes de la hecatombe económica que les espera si al fin Cataluña se libera del «yugo español».
Se hace necesario conocer la verdad, saber qué ocurriría tras la escisión, porque hay quienes de la libertad del pueblo hacen negocio y les vendría de perlas quedarse solos y sin vigías, tendrían vía libre en su autopista de corrupción. Y entonces, conscientes del futuro, entonces sí, soy la primera en defender un referéndum, pero legal, una consulta firme que no vulnere el respeto a sentirse diferente ni el derecho a ser español.
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