No creo que sea un don, ni tan siquiera una virtud, pero tengo la rara capacidad de recordar el momento justo en el que aprendí una palabra. Como esas madres que saben a ciencia cierta lo que sucedía cuando su bebé pronunció por primera vez una serie de letras que, juntas, podían llegar a adquirir algún significado, yo sé dónde, cómo y cuándo se produjo la ocasión original para escuchar ‘orbe’.
Sé que fue el fruto de un ridículo al que me vi relegada ante el profesor de turno, igual que la ‘taquipsiquia’ se hizo hueco en mi memoria desde aquel encuentro con un artista con el que me sentí extrañamente identificada. También sé que ‘cogüelmo’ y ‘porfiar’ son palabras de café matutino, a veces con un chorrito de orujo, y que ‘patíbulo’ lo oí de la boca del padre de una colega, cuando citó socarrón el título de una película. Que ‘cluecas’ están algunas gallinas porque a mi abuela le preocupan mucho la gesta del animal en cuestión y el precio de sus huevos. Que ‘asueto’, ‘iniquidad’, ‘frazada’ y ‘denuedo’ son el resultado de las lecturas que disfruto, precisamente, en los asuetos. Y que todavía no encuentro el contexto en que me sienta del todo cómoda usándolas.
Esta obsesión sin mesura por apuntarlas, por fotografiar mental e involuntariamente la tesitura exacta en que las aprendo, es probablemente la razón primigenia por la que me encomendé a juntar letras. El motivo por el que grabo en las cintas de mis recuerdos la reacción del resto cuando yo misma las uso. Y la costumbre me ha permitido dilucidar que a una sociedad la caracterizan más las palabras que usa y sus acepciones que cualquier otra cosa. Por eso, cuando decimos, escuchamos o leemos ‘sociedad’, fruncimos el ceño. Por eso la ‘política’ la mentan personas normalmente iracundas –rojo en la cara–, resignadas o decepcionadas –gesto de espuria indiferencia–. Por eso creo que ‘xenofobia’ la aprendí demasiado pronto. Por eso nunca nadie me ha sabido definir sin titubeos el ‘arte’. Tampoco el ‘amor’.
El de hace un segundo podría haber sido un buen punto y final.Hubiera sido hasta romántico, pero aquí viene una anécdota que hace las veces de golpe de realidad: en un momento dado me descargué una aplicación de esas que llamamos de forma eufemística –también recuerdo cuándo aprendí ‘eufemismo’– «para conocer a gente». Me duró no más de una semana, pero entretanto conocí a un tipo que se hacía llamar ‘Palabras’. Rezaba mi descripción «me gustan las palabras» y la coincidencia se me presentó en una suerte de destino. Así lo consideré yo, que soy mucho más del azar, enajenada por creer haber encontrado a mi alma gemela. Como era de esperar, no fue a ninguna parte: resulta que el chaval no tenía mucho que decir. O que a mí me sobraron muchas palabras, aunque menos de las que me quedan todavía por aprender.