Sartre, su existencialismo, enseñó que son nuestros actos quienes determinan quienes somos y le dan significado a nuestras vidas. Que, sin contar con nuestras creencias, cada uno es libre y responsable de sus actos. Por otra parte. Mario Vargas Llosa, en su discurso Nobel ‘Elogio de la lectura y de la ficción’, recordó, entre otros de sus aprendizajes, cómo aquel le había enseñado que «las palabras son actos». De estas enseñanzas hemos tenido estos días dos claros ejemplos en los que ambas se conjugan y aniquilan el vano «las palabras se las lleva el viento», convirtiendo éstas en actos cuyas consecuencias, pudiendo medirse o no, quedarán suspendidas en el tiempo esperando ser ejecutadas por alguien que las haya tomado por argumento o razón. Unas: "Hay mujeres que necesitan, porque son histéricas, ser violadas, porque psicológicamente lo necesitan y porque tienen culpa y no quieren tener sexo libremente. Quieren jugar a eso…", las dijo, en una charla con estudiantes de periodismo, un cantante, Gustavo Cordera, con bastante predicamento entre los jóvenes argentinos, país donde muere una mujer por violencia machista cada treinta y seis horas y son numerosísimas las víctimas de la violencia sexual y doméstica. ¿Cuántos se habrán quedado con esa afirmación al margen de su intención, provocadora dicen, del resto de los actos de Cordera? Otras: "Hillary quiere abolir, realmente quiere abolir la Segunda Enmienda. Por cierto, si consigue elegirlos, si consigue elegir a sus jueces, no se puede hacer nada, tíos. Aunque la gente de la Segunda Enmienda –(los que defienden el derecho a llevar armas y las tienen)– quizá pueda, no lo sé", son del candidato republicano a la presidencia de los EE.UU., y han sido calificados de incitación a la violencia por adversarios y correligionarios del histriónico candidato. ¿Y si dicho incentivo violento acabase teniendo consecuencias criminales?
Soy mis actos, somos nuestros actos, públicos y privados, y todos producen, aunque no se perciban, consecuencias. Apenas de alguno somos únicos afectados. Mas, aún así, errando, viviendo y aprendiendo. «Humanos, demasiado humanos» hasta nuestro último acto vital: morir.
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