Javier Cuesta

Palabras más, palabras menos

10/05/2026
 Actualizado a 10/05/2026
Guardar

Lo primero, esa manía de etiquetar, hacer listas, catalogar: el mejor disco, el mejor restaurante, la mejor película del año… Nos hacía mucha falta saberlo: la palabra de 2025, designada por algún comité de sabios ociosos, fue ‘arancel’, que se impuso por lo visto a otras como cancelación, trumpismo o dana, tras reñida pugna. Y ya tenemos chorrada ganadora y todos tan contentos. Pasapalabra.

Lo segundo, más grave. Voces admitidas en la última hornada por otra camada de no menos sabios ni menos ociosos. Palabras nuevas que ya van a ser académicas desde ahora, como milenial, prémium, streaming, mena o turismofobia. Llegará también al diccionario la expresión okey, escrita así (en vez de OK) porque se conoce que con esa grafía ya es castellano de pura cepa y ha sido admitida sin duda porque nuestro monosílabo «sí» no valía como equivalente para designar aprobación o permiso. En suma, muchos extranjerismos que incorporamos alegremente, sobre todo anglicismos pues hay que mirar al Imperio en lugar de mirar a las palabras y a las academias de Latinoamérica, como sería razonable. Al lado hay otros horribles palabros que resultan de convertir adjetivos en verbos, por ejemplo sentimentalizar. 

Pero hay más riesgo todavía. Un peligro inminente a la vuelta de la esquina. Los jóvenes parecen estar creando una neolengua para ellos solitos. Cualquiera que haga un rastreo (para la Academia zapeo, de ‘zapping’) con el mando a distancia por ciertos programas de televisión, puede comprobar que tienen una jerga propia. Dicen cosas como ‘random’ (o como se acabe escribiendo al cristianizarlo) que por lo visto significa algo así como aleatorio o alternativo, «encontré en la calle a un tío muy ‘random’»; o dicen ‘holdear’, en el sentido de aguantar, «¿vamos para casa o bien ‘holdeamos’ un rato más?». Etcétera. Y dicen todo eso con una soltura admirable, como si lo hubiesen mamado y se hubieran usado esas expresiones desde siempre. Tiemblo sólo de pensarlo, recemos todos juntos: ¡por Dios, que los académicos no vean ni escuchen nunca First Dates!

Desde nuestra educación tradicional, antes era necesario mucho tiempo y un uso más continuado y también, digamos, más legitimidad o refrendo popular para que llegasen las nuevas palabras del habla coloquial al diccionario y fuesen recibidas como académicas. Quizá es que los tiempos van así de rápido para todo. El director de la RAE dice que la incorporación de nuevos términos al diccionario es un proceso lento y garantista… pero no lo parece. No puede ser que porque un hortera salga un día en la tele gritando «mola mazo» o «¿cómo están los máquinas?» y la gracieta cuaje entre un grupito de pedorras/os que lo extienden, adoptemos esa expresión como académica. El idioma y los códigos del lenguaje no deberían funcionar así. A estas alturas, si el diccionario de la Lengua Española pega cada año un estirón de seiscientas nuevas entradas, ¿‘ande’ iremos a parar?

Lo más leído