23/11/2025
 Actualizado a 23/11/2025
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Hoy es el Día Internacional de la Palabra. Por eso, el viernes empecé a hilvanar letras y coser palabras. No las metí en botes, clasificadas por colores, no vaya a denunciarme Galeano por plagio. Las fui dejando sobre la mesa, para después coserlas como hago con los cuadraditos de ganchillo, cuando traigo una labor entre manos. No siempre encajan bien a la primera y hay que cambiarlas varias veces de lugar para decir lo mismo, pero con mejor sentido. Preparé palabras blancas, grises y negras. No necesitaba más colores porque a lo lejos nevaba y por la ventana trasera, la que da a las montañas, casi podía ver el manto blanco cayendo sobre los bosques calcinados de mi provincia. Solo hacen falta dos colores para describir la nieve acostándose sobre ceniza, impregnándose de grises a medida que los viejos robles, ahora reducidos a tizones, vayan haciendo masa con ella, rematando su vida siendo nieve. Se les puede imaginar bajando juntos, como una espesa riada color cobalto, deslizándose por laderas y cuestas, hasta alcanzar los lechos fluviales y encamándose en ellos, como ya ocurrió en el río Meruelo, en Molinaseca, y en otros tantos, a los que, por lo que sea, se está dando poca voz. Ha resultado una descripción demasiado atractiva para la amenaza que el deshielo de esta nieve supondrá en su momento, arrastrando la ceniza de los bosques hasta los ríos, convirtiéndose en un serio problema si alcanzan los depósitos de agua potable. 

A veces ocurre. Suenan alarmas de repente. Bien sabemos las familias mineras que las sirenas nunca anuncian nada bueno cuando suenan a deshora. Y no das crédito porque creías que ya no puede haber más muertes en ninguna mina. Las palabras negras, blancas y grises continúan encima de la mesa, como preguntando qué vas a hacer con ellas, ahora que surgió otra noticia en blanco y negro. También ellas oyeron las sirenas y el correr de gente preguntando quién fue y de qué pueblo era, aun sabiendo que cuando alguien deja su vida allá dentro, esa muerte es de todos. De toda la familia minera leonesa, asturiana o gallega, que en los túneles no hay peajes y son todos del mismo pueblo. 

Es sábado, ocho de la mañana. Repaso la noticia que ayer se desplomó sobre la montaña leonesa y asturiana. En la pantalla, las palabras ya tejidas bajan de las cumbres a los lechos de los ríos, simulando un deshielo prematuro y advirtiendo de un peligro. Y decides dejarlas ahí, como una cenefa rodeando la labor, sin desentonar porque, para hablar de nieve cubriendo montes quemados, se usan los mismos colores que para hablar de mineros cruzando la noche por esos mismos montes y entrando en la mina antes de que el sol naciera. Hoy no debieron cruzar por aquí, que siempre tuve la sensación de que la nieve iba unida a su muerte. Ha sido compañera de viaje y réquiem demasiadas veces, conoce el camino de sus casas a la iglesia y de la iglesia al camposanto, con parada en la bocamina. Después te das cuenta de que era una visión tan errónea como injusta, unir las nevadas de la infancia a las tragedias mineras. La niñez no supo ver que venía a poner blanco sobre tanto negro y aliviar el color de la muerte. 

Hoy pretendía hablar de palabras, de transmisión oral, de historias saltando de boca a oído y de oído a boca. Las palabras blancas, grises y negras que aún no he tejido, siguen sobre la mesa. Tengo suficientes y son del mismo color que los hombres en blanco y negro, los hombres de las tinieblas. Pero me resisto a hablar de mineros muertos porque ya no parece noticia de este siglo. Además, me niego a salpicar el texto con palabras rojas. Hoy no había preparado silencios, aullidos de sirena, llantos ante una bocamina, ni viudas, ni huérfanos, que ya venían llorando desde hace días, con la impotencia en la mano, pidiendo justicia para sus muertos. 

Por suerte, este sábado previo a la Palabra, es el Día de la Música. Nada más oportuno para pedir refuerzos y acabar la columna, hoy dedicada a Óscar y a Ánilson, cuya vida ya habita los mismos túneles que su hermano y que los cinco vecinos mineros, muertos en marzo de este mismo año. Hoy acaba la columna Víctor Manuel porque nadie como él canta ese gemido de la Planta 14, que puede ser cualquier planta. Nadie nombra al Abuelo Picador con tanta devoción, ni menciona la camisa blanca con sangre del compañero, con tanto desgarro. Y todos sabemos de lo que habla. No hace falta explicar esa especie de oración y quejido que él llama canto. Nadie mejor que él para envolver con música esas tragedias negras que se cuentan con ojos saltones buscando los ojos del amo, con puños apretados, con rabia contenida y la impotencia aplastándolo todo. «…el rocío ha calado hasta los huesos cuando sale el tercero; le recibe con sonrisa azul la madrugada y con voces los mineros, mientras se abrazan todos y uno de ellos, el más fiero, por no irse al patrón llora en el suelo». El más fiero… llora en el suelo. 

Un abrazo para esas familias que acaban de estrenar el duelo.

Un silencio para ellos.

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