A priori, resulta difícil entender cómo se puede pagar con una tarjeta de débito o crédito en la panadería una barra de pan o La Nueva Crónica en un quiosco, pero no utilizar ese sistema en un transporte público como el bus urbano. Y no se puede hacer, entre otros muchos lugares, ni en León, ni en Santiago de Compostela.
Somos muy conscientes que las directivas europeas influyen en nuestras vidas. Pues bien, pediría a algún eurodiputado/a, si es que tiene a bien leer un periódico «de provincias» –expresión rancia y trasnochada–, y más aún a un articulista de medio pelo, que hagan lo posible por impulsar una norma que permita al viajero ocasional pagar así en toda la Unión Europea.
El efectivo tiene algo casi psicológico, ya que al entregarlo sentimos el azote rasgado del bolsillo de manera fehaciente y esa fricción puede ayudar a algunas personas a controlar los impulsos y evitar compras innecesarias. En cambio, el dinero digital es invisible, además de abstracto y solo es necesario un gesto para pagar, algo que puede traducirse en menor conciencia sobre el gasto.
La tarjeta aporta seguridad y ofrece ventajas: no tienes que llevar grandes cantidades encima, te permite un control automático de movimientos, y puedes bloquearla en cuanto detectas su robo o pérdida; algo que no ocurre con el efectivo.
El efectivo puede ser útil para presupuestos ajustados, o para quienes buscan una mayor disciplina financiera, mientras que la tarjeta, bien gestionada, es una herramienta muy práctica.
Sí, sí, ya sé que existen teorías sobre el metálico: «¡50 euros son 50 euros!», pero el pago con tarjeta me temo que ha venido para quedarse.
Cuando pasamos de las madreñas con escarpines o de las botas de goma al zapato mocasín sabíamos que asumíamos riesgos: frío o humedad por filtración de lluvia. Sin embargo, ganábamos en confort y sobre todo en elegancia. Salud.