22/03/2026
 Actualizado a 22/03/2026
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Los padres que yo conocí tenían horario para serlo. El resto del tiempo eran sombras apareciendo y desapareciendo, cada vez con una herramienta al hombro, alejándose por algún camino y regresando por otro, porque en la tierra no hay límites y son infinitos los senderos que te devuelven a casa, siendo un poco más pequeños que cuando se fueron, unas horas antes. O quizá era que venían encorvados por el cansancio, invisible para los ojos infantiles. Y mucho menos en alguien experto en esconder espinas tras unos ojos azul intenso, siempre sonrientes. Por eso, de niña pensaba que mi padre por las tardes, cuando regresaba cansado, era más bajo. Los domingos se ponía los ojos más azules que tenía y era el más alto del mundo.

Como siempre, hubo que coger distancia y, desde lo alto de unas cuantas décadas, mirar hacia abajo para ver las cosas claras. Ves una figura entrando y saliendo de tu infancia, con un horario severo impuesto por sí mismo, ajeno a todo lo doméstico, menos picar sopas de ajo para la cena, que las cosas de cuchillo y navaja no le gustaba que las hiciesen los niños y ella no tenía tiempo para tanto. Cuando alguien preguntaba por él, nosotros poníamos voz grave, imitando a madres y abuelas, y respondíamos «está ganándose el pan», sin saber muy bien lo que decíamos. 

No había más explicación para justificar su ausencia. Si un padre no estaba en casa, estaba ganando pan. Lo recitábamos como el catecismo, sin cuestionarlo siquiera, aunque la cosa no encajara, porque a quién veíamos sudar sobre la masera y llenar un arcón de hogazas, era a mi madre.

Así, con el mayor oxímoron que existe, nos criamos todos. Cada uno en su ámbito, pero con el mismo trasfondo. Da igual el padre rural que el padre urbanita. Según los roles tradicionales, hombres destinados a ser Cabeza de Familia, Pater Familia o como quiera llamarse. Título que les obliga a ser ejemplo y dar seguridad, pero desempeñando un papel secundario en la estructura familiar, donde la madre era la reina de la casa, la que organiza y manda, la más cercana a los hijos, la que ya tiene el tazón de leche esperando sobre la mesa cuando levanta al niño y deja el plato vacío en el mismo lugar, mientras le acuesta por la noche. Ya habrá tiempo de recoger la cocina mientras el niño duerme. Aunque a esa hora la ausencia que ganaba pan ya estaba en casa, era tan potente el papel de la madre, que la figura del Pater Familia era simple retórica y se reducía a una sombra cansada, con zapatillas. 

Ahora percibes lo injusto que fue para algunos padres el reparto de roles, en el que su función estaba lejos del hogar y los hijos, que las cazuelas no eran cosa de hombres. En una oficina, conduciendo un autobús, dando clase o picando piedra. El que yo conocí era minero, agricultor y ganadero, trabajando de sol  a sol para que a sus hijos no les faltase nada, otra frase acuñada en sus espaldas para que no olvidaran  su obligación de llevar un jornal a casa. Así eran las cosas, pero llegadas las celebraciones, el día de la madre faltaban palabras en el diccionario para  transmitir tanto agradecimiento por sus pucheros, por los ratos de parque y las tiritas, por hacerte el disfraz y la cena, y encender la lumbre a media tarde. ¿Y tu padre? «Ganándose el pan». 

Hoy me atacó una especie de culpa al darme cuenta de que todos los años, sin excepción, la madre ha tenido un texto por ser madre, por ser mujer, por ser mujer rural. 

Cualquier fecha  ha servido  de disculpa para recordar su gran valía y esfuerzo en cualquiera de esas facetas. A él, solo le he dedicado, como a Santa Bárbara, el 4 de diciembre de cada año, por ser minero.   

Mil veces he hablado del regazo materno, del nido sobre mandil de cuadros, sin mencionar que mi padre era el tronco del árbol en el que ella anidaba. Era él quien nos protegía del viento con sus ramas, nos mantenía a flote en el aire, a salvo de las alimañas que corren por el suelo. Él era la raíz y el tronco que cargaba con nuestro peso. Era él quien traía leña para que ella encendiese lumbres que caldeaban la casa y estaba en la cosecha que hervía en los pucheros. 

En las tardes de invierno, talló la cuna que meció a todos sus hijos. Era él quien ordeñaba aquella leche que ella calentaba antes de despertarnos, y quien sembraba y recogía el trigo que ella amasaba. El padre que no veíamos durante tantas horas, estaba detrás de cada faena que ella hacía, formando un dueto perfecto. El inseparable compañero de la noche, con la que marchaba y regresaba cada día, porque su función estaba lejos de casa. Tuvieron que pasar décadas, para darnos cuenta de lo padres que eran, ejerciendo de abuelos, besando a sus nietos cuando creían no ser vistos, con más ternura de la que puede explicarse, como hacían en el campo cuando encontraban un pájaro herido, mimándole como se mima a un hijo.  

Ahora, sabiendo lo Padre que fue, sobre todo cuando era ausencia, si nos preguntasen por él, deberíamos responder en forma de rezo: estaba ganando el pan nuestro de cada día. 
 

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