Esta situación de momento ha traído la novedad de una política de pactos, que, si ya se venía ensayando tímidamente, ahora se ha puesto a caminar en compañía de argucias, chantajes y utilitarismos. En esta nueva tesitura, el ciudadano de la calle debe exigir que esta manera de asumir el compromiso de gobernar no tenga en su hoja de ruta como estilo primigenio el compadreo, que sea transparente y que juegue con las cartas sobre la mesa. El aliento que cruce esta política debe tener como vértice la búsqueda sincera y firme del bien común y, en particular, de los que sufren cualquier discriminación. No será de recibo que emerjan los viejos fantasmas de nacionalismos radicalizados que, además de ser anacronismos trogloditas, pueden alimentar odios, justificar desigualdades y caer en la idolatría del grupo, de la nación o de la raza. Además se debe superar la tentación de pensar que, una vez recogidos los votos, el político puede administrarlos como si se los hubiéramos entregado para su exclusivo uso, disfrute y explotación. En sus manos queda el acometer el ansiado rearme moral, que tanto necesita nuestra sociedad y, en particular, nuestra juventud. Para ello sería bueno que recuperaran el antiguo principio aristotélico de las ‘buenas leyes’ y que, con Platón al fondo, se protegiera y divulgara el valor pedagógico de las normas y se cuidara la limpieza ética ejemplarizante de los gobernantes. Esperemos.
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