Si una palabra conoce muy bien el ciudadano español es «paciencia». Para conseguir una cita médica, resolver un trámite o recibir una respuesta, siempre parece que hay que esperar un poco más. Como si el tiempo de la gente fuera inagotable y esperar no tuviera ningún coste, además del de nuestro bolsillo en cada nómina.
El problema es que sí lo tiene. Lo tiene quien lleva semanas esperando que un especialista valore su problema de salud, quien necesita resolver una gestión o quien ve cómo una incidencia altera su vida sin que nadie le ofrezca una solución, porque en este último caso el dinero no es una solución.
Estos días no se habla de otra cosa que del escalofriante accidente ferroviario de Urda, Toledo, que ha vuelto a poner al país frente a una tragedia terrible. Hay familias que no volverán a ser las mismas y una investigación que debe esclarecer qué ocurrió. Sería irresponsable repartir culpas antes de conocer las conclusiones, aunque todos sabemos a quién señalar tras este desastre y el de Adamuz, pero también lo sería utilizar la «paciencia» como excusa para no exigir explicaciones cuando llegue el momento. En la parte que más me llega, la sanidad, ofrece otro claro ejemplo. En el Bierzo las dificultades para acceder a determinados especialistas y las demoras asistenciales preocupan a pacientes y familias. Detrás de cada lista de espera hay personas para quienes el tiempo no es una cuestión administrativa y a los que se le pide «paciencia».
Situaciones distintas con causas diferentes, pero que comparten una pregunta de la que todos sabemos la respuesta: ¿quién asume las consecuencias cuando las cosas no funcionan? Nadie. Ahí empieza el juego de los balones fuera. Una Administración señala a otra o un responsable que la competencia corresponde a otro departamento. Siempre hay un motivo, un procedimiento o un plazo, lo que no siempre aparece es alguien dispuesto a dar la cara y explicar qué hará para que aquello no vuelva a ocurrir.
Porque el ciudadano paga, espera y cumple. Y cuando algo falla, vuelve a pagar, vuelve a esperar y vuelve a escuchar que hay que tener «paciencia». Quizá ha llegado el momento de invertir la pregunta, en lugar de pedírsela siempre a quien sufre las consecuencias, habría que exigírsela a quienes deben solucionarlos. ¿Cuánta paciencia se le puede pedir a una familia que espera una respuesta médica o a quien ha perdido a un familiar como en Urda?
La paciencia puede ser una virtud, pero convertida en respuesta automática, es otra cosa. «Vuelva usted mañana y tenga paciencia». Pero, por favor, que mañana haya cambiado algo.
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