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La ovejita

05/07/2025
 Actualizado a 05/07/2025
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Tal día como hoy, hace veintinueve años, el mundo se conmovía ante la imagen de una tierna ovejita escocesa a la que todos observaban escudriñándola con inquietante ternura. Era presentada como Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta. El caso despertó mucha curiosidad en la sociedad, a la vez que numerosos temores y dudas morales. ¿Podrían llegar a clonar a seres humanos? ¿Qué implicaciones legales y morales tendría este proceso para los individuos que sufrieran tal evolución? ¿Sería posible, en caso de llevarse a término, que esos individuos fueran idénticos en toda su integridad?¿En qué medida los factores ambientales podrían influir en esa dinámica?

Es doloroso e insólito pensar que el ser humano pudiera ser privado por cualquier técnica, medio o artificio de ese sello originario que nos convierte a cada uno en auténticamente originales y genuinos. 

Uno de los rasgos distintivos más fascinantes de cualquier persona es la inocencia primigenia con la que nacemos. Como la que rezumaba la niña de tez blanca y larga trenza morena que nos atendió recientemente. Parecía no haberse desprendido de esa candidez primera: «Eres mi primera paciente, y hoy es mi primer día». La ilusión relumbraba en su cara. 

Hubiera sido fácil echarse a temblar ante la inexperiencia confesa de una jovencita que va a ser la enfermera de tu madre viejina el día antes de una delicada operación de corazón. Pero por el contrario, Laura olía a esa lozanía limpia de la que acaba de subir una persiana para estrenar el día. Desprendía la fragancia sutil de la que se asoma al mundo por primera vez para mirarlo con los ojos de primavera recién puesta. Fascinaba la frescura y naturalidad con la que se expresaba.

«Vaya por Dios, con lo bien que suelo pinchar, hoy la he liado un poco». La joven enfermera no dejaba de disculparse por lo que consideraba torpezas que solo ella apreciaba. Aún está en periodo de aprendizaje. «Florencia, da gusto verla, tan guapa como mi abuela, que se cayó hace poco. Se fracturó un hueso, pero es fuerte y solo después de tiempo tuvimos que ingresarla. Había subido a coger cerezas, tiene un afán por vivir la vida…». 

Los ojos de Laura también son cerezas recién cortadas que relucen con el brillo de la juventud y naturalidad de la que observa todo con mirada de estreno. Humana, más humana, imposible.

Y por un rato la ligereza con que lo impregna todo convierte ese rato de hospital en un momento festivo. Es lo que tiene la juventud del que comienza.

Una juventud que seguramente muchos, con gusto, aceptarían clonar en su presente, como a la ovejita Dolly. 

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