La historia del príncipe Hilas, topos no poco dilecto de algunos mitógrafos griegos y latinos, le hace partícipe de la expedición argonauta en busca del vellocino dorado (ese toisón que esta semana también estuvo en titulares…). Hércules, que amaba al joven por su apostura, lo había reclutado tras matar a su padre. Sin embargo, en uno de los altos para aprovisionarse de la singladura comandada por Jasón, Hilas fue enviado por agua, y es entonces, cuando las náyades, divinidades acuáticas, se prendan de él y lo raptan, para conducirlo al Olimpo, hogar de los dioses y la vida eterna. De esta manera Hilas alcanzaría la inmortalidad gracias a una de las virtudes más apreciadas por el mundo clásico, la belleza física. En tiempos de tanto postureo y culto al cuerpo, el mito recobra actualidad.
En el mosaico romano del museo leonés, el momento se representa fugaz y perdurable a la vez: las ninfas aferran los brazos del héroe, que exhibe su desnudez como atributo esencial de nobleza y mérito. No debe ser casual que la soldadesca de julio del 36 la emprendiera con el joven Hilas, haciendo su rostro irreconocible para siempre, a excepción de una añeja fotografía en blanco y negro.
Tenemos, por tanto, un efebo desnudo, reclutado por un héroe a causa de su belleza, que también es admirada por las diosas de un manantial, por supuesto desnudas en parte, quienes no dudan en llevarlo por la fuerza donde ha de estar. Es bien conocido que, en muchos sentidos, griegos y romanos eran mucho menos melindrosos en materia sexual que nosotros; la idea de pudor y sus variantes, perversas muchas de ellas, es una de las contribuciones más aquilatadas del cristianismo. De hecho, el cuadro británico se recrea en el deleite victoriano hacia el sentimiento vergonzante de culpa, que esperábamos convertido en un objeto de museo. Que podamos hacerlo, que podamos saber de dónde vienen tales prejuicios y cuál es su sentido, su historia y su terminación, es una consecuencia de que sigamos pudiendo escoger entre aquello que queremos contemplar, interpretar, conocer. Sin esconderlo. En los museos y en todas partes.
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