Se habla mucho en esta tierra de los motivos finales que han hecho de nosotros, sus moradores, personas duchas en el deleite sensorial de los libros. De por qué somos ya ávidos lectores, fieles seguidores de una ristra de escritores que, además, son paisanos nuestros. Muchos de ellos, lugareños de un medio rural desvencijado al que yo en parte miraré siempre con ojos de turista; quizá fruto de esos complejos de urbanita de los que adolecemos tanto en León capital.
Resulta un motivo de orgullo que sean muchos los libros que guarecen nuestros estantes, los clubes de lectura en los que nos desfogamos y las librerías que frecuentamos, como guiados por la fuerza inescrutable de la literatura. Se atribuye la hazaña, muchas veces, al profundo poso oral que significa nuestras costumbres. A la tradición que atesoran etnógrafos brillantes, normalmente sin título acreditativo. Se dice que esas historias que siempre contaron nuestras abuelas dejaron un día de ser simples vibraciones que viajan por el aire para transformarse, con el tiempo, en palabras exactas. Que sus voces imperfectas terminaron por plasmarse, más académicas, como grafías sobre el papel. Que así se fue desarrollando la identidad de una provincia que ya se define literaria.
Nos gusta pensar que es lo cierto y es probable que así sea. Pero desde la perspectiva de una veinteañera afincada en esta ciudad, atisbo sin quererlo otra razón menos poética.
En un lugar desindustrializado a la fuerza, con viviendas y poblados abandonados por el desgaste consecuente del cierre de las minas; de la construcción de los pantanos. Con paisajes inquietantes que se avistan desde las ventanas de vecinos que, de pronto, dejaron de apreciar las chimeneas de una térmica. Con jóvenes que marchan y se acostumbran a volver para volver a marchar porque no hay de dónde sacar el trabajo ni el dinero... ¿Qué otra cosa puede hacerse si no leer y escribir? ¿Qué otra cosa en un lugar en que los negocios más plausibles son las funerarias, las academias para opositores y, también, claro, las librerías? ¿Nos queda a nosotros, sus moradores, algún otro pito que tocar?
Si es que este suena dulce; dota al ambiente de un ritmo que contrasta a ratos con la soledad. Quizá fuera su armonía la que provocara que este jueves muchos leoneses celebraran el festivo más por tratarse del Día del Libro que por ser el de Castilla y León.