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El otro como infierno y como demonio

27/04/2026
 Actualizado a 27/04/2026
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La demonización del otro no es nueva. Es una vieja treta. El otro siempre representa lo desconocido, lo diferente, y en el mundo rico (sobre todo) odiamos alejarnos de nuestra zona de confort. El otro viene a subvertir los valores amasados a lo largo de la historia en un territorio, juzga el pensamiento conservador, que cree en el mantenimiento de la tradición y de la costumbre como garantía de estabilidad. Lo nuevo es impredecible y puede cambiar las cuotas de poder. Alterar los parámetros de la cultura o de la religión (una forma de cultura, también) produce alergia al que cree que la cultura está anclada a las fronteras y limitada por los muros. La historia nos enseña que es difícil, o imposible, poner puertas al campo: el polen de los mitos, las creencias y las artes viaja incluso a pesar de los grandes dictadores. 

Pero la inmigración, que es la ‘otredad’, ha sido demonizada y no es sólo un asunto contemporáneo. Lo extranjero nos ha construido, el viaje es lo que importa. La literatura se creó con el viaje y las civilizaciones del mundo, también. Lo nuevo es lo que abre los corazones e inspira al artista. Los éxodos han sido una constante, por guerras, por exclusiones, por racismo, antes de que existiera la palabra. Y por desastres naturales. ¿Por qué debería ser ahora de otra forma? 

Es una ilusión detener el flujo de la humanidad, el movimiento continuo. Y, también, crear espacios estancos de la cultura, versiones modélicas y supuestamente indestructibles del pensamiento, que no tengan acceso a otras ideas ni se dejen convencer por ellas. Eso, que se llama censura y es lo propio de los sistemas totalitarios (no se pueden permitir algo que mueva los cimientos de la gran maquinaria propagandística), no tiene sentido a largo plazo. Todos los imperios caen, me dice con su charla distendida habitual Emilio del Río, el gran divulgador actual del mundo clásico. Hasta Roma lo sabía, cuando Escipión contemplaba la destrucción de Cartago, contada por su amigo Polibio: «pero Roma también caerá». Y cayó. 

Muchos creen que el imperio estadounidense está justo en esa fase final, al menos tal y como lo conocemos, y que Trump es la muestra más palpable de la decadencia del poder, como sucedió también en Roma, y en otras partes. Pero hoy los finales son diferentes, y suelen responder a movimientos lentos, aunque, hay que decirlo, Trump lo ha acelerado casi todo. Para proteger esa supuesta pureza (es pura entelequia), se levantan muros y se demoniza al otro. El otro es el demonio, el infierno, porque trae otras ideas y, en cuanto pueda, derribará las tuyas. ¿Acaso no es la historia del mundo? La itinerancia, el viaje, el conocimiento que llegaba de lejos: siempre somos el producto de influencias, sincretismos, aprendizajes. No creáis en la pureza de lo propio, porque todo lo propio viene de la mezcla. 

Las nuevas ideas autoritarias presentan al otro como una amenaza. Y como un factor que agosta los recursos propios, especialmente los públicos, aunque los datos hablan más bien de las desinversiones, o de las privatizaciones, como males mayores. Lo que afecta al bolsillo siempre se vio como un gran argumento para convencer, por encima de las ideologías. Trump viene de un país creado por los inmigrantes, empezando por su familia. Y nosotros hemos sido emigrantes durante mucho tiempo, si es que no hemos perdido la memoria. En realidad, así es como se construye el mundo. En la práctica es muy difícil detener los flujos migratorios, sobre todo si se producen por la pobreza, por las persecuciones, las guerras, o los desastres de cualquier tipo. La vida intenta abrirse camino, y, si me permiten el toque romántico (tan mal visto), si no hay fronteras para los pájaros, por qué debería haberlas para los hombres. Es un desiderátum, claro es. Sorprende que, en un mundo más evolucionado, las fronteras se hayan endurecido. Los argumentos de que llega un invasor, que me parecen siempre tan medievales, siguen funcionando. ¿Acaso sólo vale lo nuestro?

Esa visión de mundo me resulta, cuando menos, aburrida. Nadie progresó en el aislamiento. Tampoco en la oscuridad. No hay nada que me guste más que la mezcla, el multiculturalismo, el gran crisol que nos ha traído hasta aquí. Esa es una de las grandezas de Europa a la que nunca debería renunciar. Pero la simplificación está haciendo mucho daño, incluso en sociedades que consideramos preparadas. ¿En qué momento empezamos a aceptar los postulados autoritarios sin aplicar el pensamiento crítico que se les presupone a las democracias? ¿Es cierto que los jóvenes han hecho suyas estas ideas porque las consideran un símbolo de la lucha antisistema? 

Si esto es así, algo se ha perdido por el camino. Parece el mundo al revés. 

La tecnología marcará diferencias en los próximos años, en las próximas décadas. La política se sigue moviendo con ideas del pasado (a veces, casi prehistóricas, por lo que vemos a algunos), pero, sin contar con lo que el clima vaya dictando (aunque haya quien se complace en negarlo todo), tenemos importantes retos para el futuro. Puede que ‘el otro’ deje de ser el emigrante, que duramente llega a un nuevo mundo donde no será bien recibido. El otro será pronto una máquina (lo es, pero lo será más) a la que quizás será difícil odiar o demonizar, una máquina sin patria ni ideología (aunque eso dependerá de su creador, me temo), y las fronteras dejarán de ser obstáculos, como ya sucede también en el mundo tecnológico y en el ciberespacio. No sé si alcanzaremos la vida contemplativa y el ocio eterno (sería lo suyo, aunque tal vez derivara en una anarquía imparable), pero no dejo de pensar en la idea de Byung-Chul Han, al que tanto cito: hoy nos estamos autoexplotando, como también nos autocensuramos. ¿No es esta una forma de esclavización blanda? ¿Seremos súbditos de la tecnología? 

Pienso en todo esto mientras veo la demonización de lo desconocido, esa forma antigua de pensar. El otro como demonio, que decía Víctor Frankenstein. Así llamaba a su criatura: ‘demon’. Mientras lo perseguía hacia los hielos del norte, para matarlo, porque era como matar su pesadilla, el fruto de su arrogancia y su desprecio. La criatura que la sociedad ve como alguien extraño y de apariencia física imposible. Y que nunca aceptará, por más que aprenda la lengua, y la cultura, y por más que aprenda a leer, y por más que quiera formar una familia. Mary Shelley se inspiró en las técnicas de resucitación de Galvani, en los avances de la ciencia del momento. Ahora contemplo esos robots que corren maratones y los ganan, y pronto veremos que el injusto rechazo a los seres humanos (ningún ser humano debería ser considerado ilegal) competirá quizás con un mundo en el que las máquinas o la inteligencia artificial pueden pensar y decidir por nosotros. Con lo que veo hoy, no sé si tener terror o esperanza.

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