Javier Cuesta

Otras muertes

01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
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Toca hablar hoy de la muerte, aquí en forma de obsolescencia. La palabreja, ya por sí sola, se las trae: difícil de pronunciar pero más difícil de aceptar su significado y asimilarlo sin cabreo: instalar y planificar un dispositivo interno en cualquier producto para poner fecha final a su vida y a su utilidad. Es decir, que las piezas y los materiales de ese producto tengan duración limitada, sea cual sea su uso, y además menos vida de la que podrían tener con los avances tecnológicos actuales. Consumir sometidos al mercado, que en este caso impone una muerte programada.

El fabricante de un producto decide su final; el usuario no decide nada, acata. Una dinámica antinatural que supone otra perversión más del sistema consumista y capitalista, el colmo de la manipulación pues el consumidor está desvalido, impotente. No se comprende que un televisor o un coche hagan plof casi de repente porque han pasado diez años exactos o que un portátil pete cada cierto tiempo y el sistema operativo te obligue a cambiar de ordenador. ¡Y que no nos rebelemos contra ello! Salvo aquellos androides o replicantes de Blade Runer que exclamaban con pena “es hora de morir”, ni siquiera los humanos estamos diseñados para acabar así. Aunque todo se andará.

Para la buena marcha del negocio, la clave es limitar de forma artificial la vida de un producto para que compres otro. Aparte del reciclaje de residuos y su impacto medioambiental, el problema es la necesidad de producir, de obtener más materias primas. Los recursos son limitados y ese proceso es insostenible. El modelo no es sensato, salvo desde la óptica de un consumismo absurdo que denuncian unas pocas voces que claman en el desierto. Ramonet, nuestro compatriota Turiel y pocos más, llevan años alertando sobre esos riesgos, sobre la necesidad de controlar los abusos del mercado e ir a lo que llaman el desconsumo, decrecimiento o crecimiento cero, o sea desprenderse de cosas superfluas, no acumular, comprar sólo lo necesario, olvidarse de modas y tendencias… Se trata de que las soluciones que no ponen en marcha los gobiernos y las empresas, se trasladen a nuestras decisiones colectivas, cambiando nuestra mentalidad consumista y de despilfarro. Porca miseria.

Caso cercano, revelador. Hace más de ¡sesenta años! una familia encarga una nevera en la tienda de electrodomésticos de Boñar. El hombre que llega a instalarla se encuentra un bebé en la cuna y no termina nunca de poner en marcha el frigo porque cada poco se asoma al capazo y le dice a la madre “hay que ver, pero vaya niño hermoso tiene usted…”. Hoy, aquel niño es este paisano casi viejo que escribe ojiplático de los aparatos nuevos que caducan porque sí; hoy, aquella vieja nevera tiene mi edad, está arrimada en un rincón de la casa y funciona, enfría, sigue durando. Pero ahora, en el improbable caso de que se estropee algún día, en lugar de al Punto Limpio quizá tendríamos que llevarla al Museo Etnográfico de los Pueblos Leoneses. Porca riqueza.
 

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