La política tiene la extraña habilidad de empezar antes de haber terminado. Apenas se ha retirado la pancarta de una campaña cuando ya hay quien está calentando para la siguiente. Es una carrera sin línea de meta, donde el disparo de salida nunca acaba de escucharse y, sin embargo, todos llevan tiempo corriendo. Ahora empiezan a asomar los primeros nombres a los comicios más cercanos. Los candidatos florecen como esas setas que brotan después de la lluvia, aunque algunos lleven años creciendo bajo tierra. Se afinan los discursos, se planchan las sonrisas y se desempolvan las promesas con el mismo cuidado con el que se saca el traje de las bodas.
Pero antes de correr, toca bailar. Porque en política no siempre gana quien mejor gobierna, sino quien mejor sigue el compás que marcan los aparatos del partido. Hay que aprender la coreografía. Un paso al frente cuando conviene, otro atrás cuando el jefe levanta la ceja. Sonreír mucho. Molestar poco. Y dominar ese arte antiguo de limpiar botas con betún de obediencia mientras se mira al horizonte fingiendo independencia.
Estos días les toca pronunciar el nombre de Mañueco con la misma naturalidad con la que otros pronuncian el de Carlos Martínez. Da igual que estén a doscientos kilómetros. En política la gravedad no la marca la geografía, sino el escalafón. Nunca se sabe quién acabará repartiendo coronas... o descabezando aspirantes. Luego llega esa frase solemne de la que hacen bandera los partidos: los alcaldes en activo tendrán prioridad para repetir. Suena a ultimátum. Hasta que aparecen las excepciones que son como un chicle que se estira o encoge según quien lo maneje.. Si el alcalde gusta, la regla es inquebrantable. Si deja de gustar, la regla descubre matices. Ahí están Toral de los Vados, Fabero o Toreno para recordarlo. Y en Ponferrada también se acabó escribiendo su propia nota al pie. Al final, uno termina pensando que los principios son magníficos... siempre que no estorben. Igual hay que darle una vueltina...
Mientras tanto, la libreta de candidatos vuelve a llenarse de nombres conocidos. Las reediciones tienen algo de tranquilizador y algo de resignación. Como esas películas que vuelves a ver porque sabes exactamente cómo terminan.
Y entonces ocurre el pequeño milagro de cada cuatro años. Recuperamos el nombre. Los cafés pendientes encuentran hueco en la agenda de los políticos amigos. Durante unas semanas dejamos de ser ese número que llena un censo y volvemos a ser «el vecino». Algo cansino esto del círculo. Funciona como una noria. Da vueltas, gira deprisa y hasta marea un poco. Pero cuando uno consigue bajar, con las piernas todavía temblando, descubre que sigue exactamente donde empezó. Siempre el mismo paisaje. Cada vez un poco más borroso. Será la presbicia...dale otra vueltina.
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