No hay nada peor que normalizar lo extraordinario, ya sea ganar un Mundial o tener que desalojar un pueblo por culpa del fuego. No podemos decir que viésemos venir que un gol de Ferrán Torres le iba a dar la Copa del Mundo a España en una soñada final contra Argentina, pero lo que desde luego sí vimos venir todos fue la llegada de los incendios un verano más. Reconozco que durante mis vacaciones no podía evitar visualizar lo que apuntaba a ser la rutina informativa en el periódico en lo que ya podemos decir que es temporada de incendios. Todos sabíamos que iba a pasar y todos sabíamos que la reacción iba a ser parecida.
Los medios de comunicación nacionales se enteraron de que había incendios en España cuando el humo se veía desde los estudios de Mediaset, poniendo en marcha nuevas mesas de expertos que lo más verde que han visto en su vida ha sido la luz del semáforo. Mientras tanto en León no se nos ha olvidado que el verano pasado se nos quemó una décima parte de la provincia y ya nos hacemos a la idea de que este habrá que sumarle algo más. Evidentemente no hay una receta mágia y si la hay no es cuestión de un año ponerla en marcha. En cualquier caso, eso no es excusa ninguna para la pareja que hace un año se compraba una casa en Castro del Condado y aeste miércoles la veía arder sin poder hacer nada para evitarlo. En medio de las llamas el caldero para echarle en cara al de enfrente lo ocurrido hierve especialmente bien (pero sin que se note, que no es momento para, dicen), todo ello aderezado con un poco de populismo. «Solo el pueblo salva al pueblo»como si el pueblo tuviese aviones, helicópteros, bulldozer y maquinaria pesada para apagar un incendio.
Por supuesto que el paisano que se queda en su casa con una manguera para defenderla y si puede echarle una mano al vecino escondiéndose de la Guardia Civil tiene todo el reconocimiento de quienes haríamos lo mismo si nos pasase a nosotros, pero lo cierto es que el peso debe recaer en las administraciones, a las que pagamos para ello y que si no se lavan las manos para pasarle el marrón a otro en una sonrojante dejación de funciones, siguen sin saber cómo gestionarlo para que la prevención evite la cura. Otra vez.
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