Cuando a Javier le contaron que la ‘bisa’ había fallecido, el niño preguntó con desesperación: «¿Otra vez?» Sí, cariño, otra vez. Otra vez la muerte. En solo unos meses. Otra vez nos atraviesa el cuerpo la flecha de la nostalgia. Otra vez debemos recorrer el camino del dolor, de la muerte anunciada, de los protocolos del adiós. De las caras que se vuelven balcones de flores que muestran superación a la calle, mientras nos domina dentro esa pena infinita. Porque, mi niño, sí, otra vez, la familia sufre una despedida. Dicen los psicólogos que la primera muerte en el entorno familiar rompe la ilusión de inmortalidad y que las siguientes azotan el pecho hasta que un día te abonan a una especie de «anestesia emocional» porque ya has conocido la confirmación de la fragilidad de la vida. Afirman también que nadie supera el duelo, que se aprende a vivir con él.Pero, son psicólogos, su palabra siempre debe quedar en entredicho. Como la de los periodistas. Qué poco sabemos realmente. ¿Y quién lo sabe?
Yo, abuela, con el duelo que nos dejaste desde tu adiós solo puedo pensar en lo rápido que se va la vida. Que un verano estás bien, que los viejos son otros. Y, luego, de pronto, ya no son otros. Y le respondo a Javier que otra vez, de nuevo, quisiera volver a verte haciendo roscas en Rodillazo, jugando a las cartas en Tabanedo, en San Mamés caminando junto al jefelillo, en Vilaquilambre criando a todos tus hijos. O con Javier en brazos. O cogiendo mi mano. Sonriendo. Riñéndome porque no traté bien a mis padres en una tarde compleja de mi estúpida adolescencia. Tú, abuela, dedicada a tu familia. Y a Dios. Ojalá estés ya bien allí. Él, que ya te llamó a ti, en un aciago ya septiembre, como bien me dijiste aquel domingo, después de una vida diciendo que «nadie muere la víspera»...
Como te buscó el abuelo, bajando desde Carrera a Tabanedo para conquistarte y llevarte valle arriba a Rodillazo para construir una familia que hoy, unida, no para de pensarte. Siento que me faltaron historias, tiempo, cosas que ahora comprendo, abuela. Y, lo siento. La culpa, que no cesa, duele. Pero recuerdo tu sonrisa, abuela, abundante casi siempre y terminada por ese gesto con las cejas que venía a revelar tu personalidad más pícara, aquella que siempre peleaba con la autoridad. Como las madres de toda la vida. Las que de verdad reñían. Las que tenían la sartén por el mango en cada casa. Si decías «rosa», es que dominaba la primera. Si decías «Javi», seguramente salía la segunda. Porque mi padre te hacía tanto rabiar, en Rodillazo... ¿Qué tendremos los hijos? Parece inevitable.
Abuela, ahora ya llegasta a la nieve, la eterna nieve, esa que en vida en Rodillazo conocisteis bien tú y el abuelo y que ahora no puedo quitarme de la cabeza por una película de esas modernas pero que hablan de vuestro tiempo. Tú, abuela, que pese a tu generación normalizaste a todo tipo de personas. Quizá aquellas tardes viendo a Jorge Javier ayudaran un poco. En Rodillazo te espero cuando llegue la nieve. Ven a buscarme. ¿Tendremos esa conversación algún día? ¿Allí pasas frío? ¿Nos echas de menos? Nosotros aquí, sí. Mucho. Y en Rodillazo te esperamos. Si me cae la nieve este invierno, me acordaré de cuando hacías «valentías». Te pondré la manta, como esa última vez. Y solo habrá sido una siesta más.
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