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Otra vez la democracia

04/04/2019
 Actualizado a 14/09/2019
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En mi barrio debe haber escasez de demócratas o de ciudadanos de pleno de derecho a pesar de las manzanas repletas de grandes edificios, de esa constelación de ventanas con luz a la hora de la cena. Al menos eso parece cuando llega el sorteo de las mesas electorales. En mi familia somos muy demócratas y «mucho demócratas» que diría Rajoy, y quizá por eso en las últimas citas electorales siempre nos ha tocado estar como poco a dos de nosotros en la mesa electoral. Si la Justicia es ciega está demostrado que la Democracia es pertinaz y le gusta cómo marcamos apellidos completos y recontamos votos.

Esta peculiar fortuna familiar solo sucede para ocupar sillas de la fiesta de la democracia, que en el resto de loterías la suerte nos es siempre aciaga a pesar de la insistencia casi terca de mi padre repitiendo desde hace décadas la misma combinación para forrarse con la Bonoloto y el Euromillones; y nunca sumar más de tres aciertos. El caso es que desde que se convocan las elecciones ya esperamos el buzón del hogar repleto de cartas notificando presidir, ser secretario o suplente de la acogedora ‘Mesa 10’ donde coincidimos tantos vecinos. Suele colocarse en un aula al fondo a la derecha del pasillo, después de pasar las miradas de los interventores y esquivar a un par de electores despistados. De esos que andan perdidos con la cabeza entre las decenas de hojas del censo grapadas por una esquina y que cuelgan a la puerta del colegio como las notas de selectividad en junio.

Nuestro deber democrático está desde luego por encima de la media. Y eso genera una carga de responsabilidad, un plus de ciudadanía que nos preocupa por esto que llaman la regeneración. Hemos firmado actas de mayorías absolutas, de mayorías simples, de parlamentos ingobernables. Hemos visto nacer y morir partidos, llegar a los nuevos y envejecer a los de siempre. Votar con ilusión y con desesperanza, con ambición y con tedio. No es justo. Esto de la democracia empieza a ser como las asociaciones, donde todos comparten los objetivos pero luego siempre arriman el hombro los mismos. O en las comunidades de vecinos cuando todos protestan al subir andando con el ascensor estropeado pero es siempre el del quinto el que termina avisando al técnico de guardia.

Que este azar desaforado tiene sus riesgos y se sube a la cabeza, como el poder. Mi familia nos creemos ya memoria constitucional de la barriada, personajes imprescindibles para la celebración de unos comicios como Dios manda, custodios perpetuos de la hermandad de la urna precintada que llega escoltada por la Policía Nacional. No hay mejor invitación a los desmanes que creerse imprescindibles, ¡qué bien lo saben tantos de los iban en papeletas que hemos visto caer y amontonarse! Pobres candidatos que van y vienen como las estaciones, que han luchado tanto por hacerse un hueco en las listas. Mientras nosotros seguimos aquí, perpetuos, contando los votos.

Esa falta de regeneración que mi familia representa me preocupa, se lo digo con sinceridad. Por eso propongo una limitación urgente de mandatos para los cargos de mesa electoral, y no se olviden de los suplentes, se lo ruego. Que no se nos acumulen las legislaturas y nos obliguen a acomodarnos al poder casi sacerdotal de permitir el derecho democrático de elegir gobiernos, eurodiputados, alcaldes y presidentes autonómicos. Háganlo por estética, por dar la oportunidad a otros y, sobre todo, háganlo por devolvernos ese tradicional vermut en familia de domingo electoral. Ahora es un lejano y nostálgico recuerdo. Lo malo de ser demócratas es tener que sustentar la democracia.
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