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El otoño de todos los desencantos

05/10/2026
 Actualizado a 05/10/2026
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Ya hemos hablado aquí, en las últimas semanas, de aquel placer que nos producía la llegada del otoño en los días de infancia, a pesar de la vuelta al colegio, que tampoco estaba tan mal. Pronto el verano, sinónimo de la más absoluta libertad, especialmente para los que vivíamos en el campo, y de los juegos que se alargaban hasta más allá de la medianoche, quedaba olvidado, pero las primeras manzanas, las uvas, las castañas, y las lluvias mansas que abrazaban la tierra, servían para inaugurar un nuevo tiempo, a menudo envuelto por la bruma, un tiempo más calmado y algo adormecido, que se deslizaría inexorablemente hacia las nieves de enero y febrero.

Ahora, con los veranos feroces, en los que se alcanzan temperaturas récord y la tierra queda devastada por pertinaces sequías (muchos fingen ignorarlo, para no tener que admitir los males del cambio climático), el otoño debería servir de refugio: un territorio de salvación, la última trinchera. No dejo de soñar con los viejos castaños, con los nogales que nos enseñaban la grandeza en la infancia (mi padre me llevaba a reconocer los árboles, a explicarme que algunos ya estaban allí mucho antes que nosotros, algo que yo no he sabido hacer con mis hijos). Y me gustaría ahora mismo recorrer las rutas mágicas de algunos de nuestros hayedos incomparables, que aún resisten en pie ante la gran destrucción en marcha.

Pero el calor continúa, las temperaturas no menguan en exceso, y las lluvias, aunque han llegado, suelen ser descargas brutales de grandes goterones, o granizadas violentas, acompañadas de vientos, en algunos lugares huracanados. Se diría que lo hacen por venganza ante el comportamiento de la especie humana. Pero sólo es ciencia. Todo está en los modelos, todo lo que pasará es más o menos conocido. No haremos mucho por solucionarlo, porque hay liderazgos atroces que se oponen, desde la ignorancia o el interés económico. Para mi desesperación, veo que muchos celebran las actitudes cerriles con una alegría preocupante. Pero las cosas ocurrirán, nos guste o no. Y es probable que ya no haya marcha atrás.

Este es para mí el otoño de todos los desencantos. Me basta con mirar al mundo. Puede que lo haya dicho de algunos otoños anteriores, y me temo que lo diré de los siguientes, aún con más convencimiento. De todo lo que está pasando, creo que el Premio Nacional de Narrativa para Julio Llamazares, hace apenas un par de días, es casi la mejor noticia. Ya hablamos aquí con detalle, hace casi un año, de la importancia de un libro como ‘El viaje de mi padre’ (Alfaguara). Y más importante me parece, ahora que acometemos tiempos de gran dureza, de autoritarismo creciente, de falta de empatía por el género humano. Todas las guerras se pierden. Pero algunas se pierden incluso más que otras. El libro de Julio nos sirvió a muchos, con experiencias parecidas (mi padre, como tantos padres, también hizo el viaje de Teruel, el viaje al horror y a la destrucción: y habló poco de ello, o nada). Julio logra atrapar con destreza ese silencio del dolor que no quiere ser transmitido a los hijos, ajenos a lo que había sido la gran derrota de un país. La destrucción de la juventud. Somos los hijos que nacimos porque nuestros padres milagrosamente lograron volver del infierno. Pero muchos no pudieron. Así que este libro hace justicia a quienes son conducidos a la aniquilación, sin que puedan hacer nada por evitarlo. A menudo hombres pobres, hombres en silencio. Hombres que, si vuelven, lo harán en silencio para que el dolor no alcance la sangre cercana.

Cuando hablamos del libro, Julio me recordó esa frase que se atribuye a Erich Hartmann, el piloto de caza alemán más temible y letal de la Segunda Guerra mundial, al que los soviéticos llamaban ‘El diablo negro’. Es una frase muy conocida, que viene de alguien que sabía bien de lo que hablaba, porque participó en una de las más atroces máquinas de guerra que existieron. Dijo, seguro que ya lo saben, que la guerra es un lugar donde los jóvenes que no se conocen ni se odian se matan entre sí, porque así se lo mandan los viejos que sí se conocen y se odian, pero que nunca se matan. Sí, parece que sabía de lo que hablaba. ‘El viaje de mi padre’ es, como ya hemos escrito, y como se ha escrito mucho, un viaje hacia la memoria, pero también el recorrido de un hijo, tantos años después, por un paisaje desnudo, a veces desolado, un paraje de pueblos semivacíos en los que reinó la muerte y hoy reina el silencio y el aullido del viento. Quedan apenas restos de casas destruidas, algunas cicatrices de aquellas trincheras. Y queda la memoria herida. Como ahora, cuando recordamos los 90 años del asesinato de Lorca en agosto de 1936, del que también escribimos aquí.

Este premio a la reconstrucción de la memoria del dolor, este homenaje a los anónimos pobres que viajaron más allá de las puertas de la muerte, ha sido una de las buenas noticias de este otoño. Quizás sirva para que seamos conscientes de los peligros de alimentar un tiempo extremado, un tiempo de odios inflamados, en el que el ser humano, cualquier ser humano, parece ser menos importante que los símbolos y el perfume de las viejas épicas.

Este es el otoño de todos los desencantos. Ved las calles, surcadas ahora por los que no pueden encontrar una casa para vivir. Hay un descrédito de la clase política, que no ha logrado solucionar uno de los más grandes problemas, amasado desde hace décadas, quizás porque la acción política lleva demasiado tiempo embebida en discusiones bizantinas, en enfrentamientos construidos con propósitos que alimentan más el relato ideológico y el cálculo electoral que la necesidad de solventar lo doméstico y sus circunstancias, porque no hay política verdadera si no contribuye a la felicidad de los ciudadanos. Qué decir, al menos, de contribuir a su supervivencia. La resistencia que ahora vemos podría ser el inicio de una contrarrevolución social, una forma de volver a los asuntos de la calle, que es donde se construye la realidad. Que es donde nace el verdadero poder.

Hay un desencanto que habla de un país bloqueado por ciertos discursos y ciertas actitudes que, en algunos casos graves, provocan la inacción, el inmovilismo, la imposibilidad de regresar a lo que de verdad importa, la vida de la gente, la tranquilidad de la gente, y no la refriega de algunas elites políticas. El desencanto y la frustración que alimentó esa supuesta revolución que algunos parecen ver en el seguidismo de las políticas trumpistas (probablemente en su fase final, a tenor de las encuestas), se topa ahora con el surgimiento de un desencanto más social y más transversal, a pie de calle, que resucita el valor de las políticas de apoyo a los desfavorecidos, a los vulnerables en tiempos de explotación, y que pone en cuestión los autoritarismos excluyentes y el lenguaje deshumanizado. Nadie sabe aún hacia dónde nos llevará esta ola de desencanto, que trae nuevas palabras y nuevos deseos, que pretende regresar a la solidaridad y la cooperación, denostada por los poderes que manejan el hierro candente del dinero, que los desfavorecidos no pueden tocar. Nadie sabe si las conciencias asustadas, aherrojadas por el duro lenguaje y el signo terrible de los tiempos, están despertando en los dorados umbrales del otoño. Y quién sabe qué traerá el nuevo desencanto en lo más crudo del invierno.  

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