Hay algo especialmente hermoso en el otoño, aunque curiosamente sea una estación que solemos asociar con la tristeza. Los días se acortan, las temperaturas descienden y los árboles se desprenden de las hojas que durante meses les dieron vida y color. Basta con pasear junto al Bernesga o recorrer los parques de León para descubrir cómo la naturaleza transforma su apariencia sin perder por ello su belleza.
Quizá ahí se esconda una de las lecciones más valiosas que podemos aprender: cambiar, perder determinadas cosas o cerrar etapas no significa necesariamente que algo vaya mal, sino que forma parte de la vida.
Sin embargo, los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para resistirnos a lo inevitable. Nos aferramos a situaciones que no nos hacen felices, intentamos mantener relaciones que han perdido su sentido y nos cuesta aceptar que nosotros tampoco somos las mismas personas que hace diez o veinte años.
Queremos que nuestros hijos crezcan, pero añoramos cuando nos necesitaban. Deseamos jubilarnos, sin pensar que al llegar ese momento también nos quedarán menos años por vivir. Aspiramos a mejorar nuestra vida, pero nos asusta abandonar lo conocido. Y así, entre el deseo de avanzar y el miedo a perder, convertimos muchos cambios naturales en fuentes de sufrimiento.
Los árboles, en cambio, no se resisten cuando llega el momento de desprenderse de sus hojas. No interpretan el otoño como un fracaso ni intentan conservar a cualquier precio lo que pertenece a una etapa que termina. Simplemente continúan su ciclo, porque antes de una nueva primavera deben atravesar el invier no.
Por supuesto, nuestra existencia es más compleja. Hay pérdidas que duelen profundamente, despedidas que dejan huella y cambios que jamás habríamos elegido. No se trata de restar importancia a ese dolor ni de convencernos de que todo sucede por alguna razón, sino de reconocer que a veces añadimos sufrimiento cuando exigimos que la vida permanezca como nosotros quisiéramos.
A menudo confundimos soltar con rendirnos, cuando en realidad hay despedidas que requieren más valentía que conquistas. Dejar ir no borra lo vivido ni disminuye su importancia; simplemente nos permite hacer sitio a lo que viene.
Quizá madurar consista en distinguir entre aquello por lo que merece la pena luchar y aquello que debemos aprender a dejar marchar. En comprender que no todas las etapas están destinadas a durar para siempre y que cada edad puede tener su propia belleza, aunque necesitemos cierta distancia para reconocerla.
Este otoño, cuando caminemos por León y veamos caer las hojas, quizá merezca la pena recordar que la naturaleza no intenta detener el tiempo, sino adaptarse a él. Tal vez uno de los mayores aprendizajes de la madurez sea descubrir que la felicidad no consiste en conseguir que nada cambie, sino en aprender a encontrar razones para seguir disfrutando de la vida incluso cuando las cosas dejan de ser como las habíamos imaginado.
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