Imagen Juan María García Campal

Otoño para otoñar

21/09/2016
 Actualizado a 07/09/2019
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Mañana, a las cuatro y veinte de la tarde, me sentaré reconfortado y contento en mi mejor sillón a sentir cumplida la transferencia de luz y renacimiento o renovación que Natura ha venido haciendo, y yo observado cómo se hacía, hacia el hemisferio austral; y, cómo no, sobre todo, celebraré también la llegada del septentrional otoño con su bóreas. Ese viento que, sin duda, ayudará a los árboles a aligerarse del follaje ya cumplido y cuya belleza –apenas reciente y pletórica– se mudará, nostálgica del cálido tiempo ya fugado, en crujiente alfombra, arrastrada por los suelos; tal que yo, a días, en mis tribulaciones. Mas no es la añoranza lo que deseo hoy me ocupe, sino la ocasión que esta estación representa para el retoñar de las vitales miras que nos habitan, esas que, casi secretamente, atesoramos.

Por eso, estimo, viene el otoño a ser tiempo favorable para, en recogimiento, comenzar a deslastrarse de los que, bajo varia apariencia, nos impiden o dificultan el deseado y pretendido buen ser y buen estar; ya que, a su fin, saturnal o navideño, nos permitirá continuar la búsqueda, el acercamiento a la plenitud, en un parejo crecimiento con la luz, minuto de aurora a minuto de ocaso. Sí, cierto, lo sé: nunca ni esa deseada colmada integridad ni nada será alcanzada o lograda en su totalidad o perfección. Pero esa es otra, una más, de las contradictorias y míseras condiciones humanas; otra, una más, de las humanas grandezas: nunca poder decir con certeza: soy, concluido estoy; pues siempre estaremos o en permanente construcción como seres humanos o abandonados al pairo de los vientos dominantes y dominadores. ¡Ojalá lo primero!

Sí, porque de la oscuridad venimos y hacia ella vamos, prefiero el tardo otoño –esa «segunda primavera, cuando cada hoja es una flor», que enseñó Albert Camus— con su sereno menguar los días hacia Mitra, el sol invicto, que la celebración de Litha, cristiana noche de San Juan, con su sol detenido. Prefiero el lento, consciente sosiego de mis aflicciones a la tenue luz, que la festiva quema de lo que me incomode en los basureros del alma. Nada, por tanto, de languidecer en este otoño, más bien recibirlo dispuesto a conjugarlo para que bien me atempere y disponga, tal que tierra fuera, para la sementera y labor que me espera (espero): seguir construyéndome con clara conciencia de que seré tajo imperfecto, tarea inacabada. Y hacerlo aún a sabiendas de que, como en tantas otras cuitas de la vida, más importante que superarlas, es enfrentarlas.

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