No sé si la suavidad del otoño podrá compensarnos por la dureza del último verano. Eso en el caso de que el otoño se comporte y vuelva por sus cauces (ahora, el agua tiende a ir más bien por fuera de ellos). Al calor inclemente, que aún continúa, se suman las grandes tormentas feroces, las granizadas imprevistas, las inundaciones consecuentes. En fin, no pasa nada, dicen algunos. El clima siempre fue así, arguyen, calor en verano, frío en invierno. Pero no es cierto: las cosas no están igual, y la ciencia lo explica. Negarse a la evidencia del cambio climático es tanto como negar la claridad del día o la oscuridad de la noche. Resulta graciosa tanta negación. Pero qué esperar, si vivimos en una época en la que algunos piensan que la Tierra es plana. Hemos necesitado 21 siglos de civilización moderna para abrazar la ignorancia y sentirnos contentos con ella. Daría risa, si no fuera una tragedia. Todo esto no sólo afecta a la negación de los efectos de la mano del hombre en el clima. Empieza a afectar a todo. Todo va muy mal.
Así que la esperanza de un otoño suave, como decía ayer el gran Manuel Vicent, un otoño que nos salve y nos rescate de este infierno que aún dura, me parece un poco vana. Yo siempre amé el otoño, como contaba el otro día, y en especial la dulzura dorada de septiembre, el mes de las vendimias (ya casi no lo es, todo se adelanta a causa del calor brutal). Amé el otoño y pensé como Vicent que nos liberaría de todo mal, gracias a la lluvia fina de los atardeceres, y a la que cae sobre el lecho de los bosques, y sobre los jardines. La lluvia que cae sobre los vivos y sobre los muertos, como la nieve de Joyce. Pero me temo que tendremos noticia, como sucede últimamente, de poderosos latigazos climáticos, estallidos tormentosos, enjambres de rayos iluminando la noche, lluvias en las que parece que el cielo se desploma, que provocan riadas extraordinarias que la mayoría de la gente no vio jamás. Todo esto se aleja de cualquier noción de suavidad. Yo, como John Keats, he sido siembre más del festín de las nueces, las castañas y las manzanas de reineta, elementos imprescindibles en mi mundo personal, visiones y perfumes de la infancia. Tal vez nos queda más la nostalgia de aquellas cosas. El otoño de las lluvias mansas, de los cielos de nubes desgarradas, del viento que nos saludaba al volver de la escuela, el otoño que parecía una caricia, con la cosecha de las manzanas y las uvas de oro, empieza a ser sustituido a diario por un sinfín de desgracias climáticas.
Pero incluso esto se podría iría llevando, si no estuviéramos asistiendo a una civilización en peligro, a una transformación feroz de nuestros modos de vida. No, no creo que el pasado fuera mejor. Pero la gran aceleración del presente me produce un gran temor. Hablamos aquí la pasada semana de los miedos que crecen en torno a la Inteligencia Artificial. Será cierto o no lo será eso de que puede matarnos, de que un día no lejano tomará sus propias decisiones, fabricará sus armas o sus guerras biológicas. Bueno, los robots ya corren más que Usain Bolt, supongo que lo han visto en los telediarios. Aunque también pueden caerse estúpidamente contra el suelo. Si todas las desgracias tecnológicas que se anuncian ocurren, pensaremos en qué momento le dimos a las máquinas todo ese poder. Pero, antes que eso, sea cierto o no, la IA es también un gran negocio. El dinero. La ambición, Y el poder, claro. Sobre todo, el poder. Se trata de una gran batalla, como el propio Trump ha reconocido, por la hegemonía mundial. Esas son las conquistas de ahora (aunque las territoriales no las hemos abandonado del todo). Los tecnócratas y sus compañías mueven el mundo. Dependemos apenas de unos cuantos. Suelen ser escandalosamente ricos. Y cuando escuchas algunas de sus opiniones, sólo puedes echarte a temblar.
Resulta paradójico que, mientras avanza la inteligencia artificial y el control progresivo de los ciudadanos (los mundos de Orwell se acercan cada vez más, y las democracias se deterioran cada día a un ritmo indecible), al tiempo hay grandes progresos en la ciencia (a pesar de ser maltratada por no pocos dirigentes políticos). Y no sólo eso: simultáneamente al avance tecnológico, asistimos a guerras que, si no fuera por los drones y los misiles, parecerían un calco de las de la Edad Media. Porque los muertos, muertos son. Como entonces. Y la destrucción, destrucción es. Vivimos a las puertas de un futuro que casi no podemos imaginar, a pesar de tocarlo con las manos, al tiempo que hay países reducidos a ceniza y a cascotes. Sigue existiendo la violencia más feroz, la muerte más terrible, el desprecio a los desfavorecidos, el trato inhumano, por parte de algunos, a los pobres o a los inmigrantes, o a los que vienen de zonas de conflicto, es decir, graves asuntos que parecen de los siglos medievales, no de este presente que coquetea con la idea de un tiempo dominado por las máquinas, y por los algoritmos, que presume de que pronto llegará a Marte, donde establecerá colonias, o en la Luna, ya que no sabemos muy bien que pasará con este planeta maltratado. Me sorprende esta paradoja, esta simultaneidad entre la guerra, entre la muerte, como siempre fue, el dolor de la gente sin posibilidades, reducida a la condición de animales, y el brillante futuro inmediato que algunos auguran, y la gran riqueza de la que habla Trump a todas horas, en fin, toda esa simpleza del poder que inexplicablemente convence a algunos, toda esa charlatanería.
Inesperadamente, o no tanto, Canadá ha venido en las últimas horas a alegrar la vida de Europa. Este parece que será el otoño de la hoja de arce, si las cosas siguen así. Carney fue recibido por Ursula von der Leyen como el símbolo de la nueva Europa ultramarina que necesita reinventarse y responder a las bravatas de Trump. El lugar de las democracias no debe doblegarse ante los nuevos oligarcas de corte trumpiano, o de la Corte trumpiana, pero es cierto que el deterioro exportado por todo este autoritarismo estúpido ha dañado las estructuras europeas y nos prepara quizás para un peligroso viaje, como se está viendo en algunas regiones de Alemania, que apuestan por la AfD, un partido de corte muy ultraderechista. Canadá podría servir para dar un gran giro a esta Europa un tanto asustada por tanto involucionismo en marcha. Canadá no será la solución para Europa, puede que no lo sea, pero sin duda servirá de aviso para estos navegantes. Trump dijo que deseaba que Canadá fuera su estado 51, pero parece que el país del arce prefiere acercarse a Europa. Resulta que Europa, tan denostada por nosotros mismos, tan mancillada, tan confusa, aún es capaz de enamorar. La rabia de Trump ante la posibilidad de que Canadá se convierta a corto plazo en un estado asociado de Europa indica claramente que estamos en el buen camino. El camino de la modernidad y el progreso contra las miradas retrógradas. Es cierto que Islandia aún recela de Europa. Es cierto que Trump ha contratacado con su acuerdo sobre Groenlandia (del que poco o nada se sabe todavía), porque ese territorio es una auténtica obsesión para el magnate. Pero Europa acierta con Canadá. Aunque esté lejos, lo queremos cerca. Los errores de Trump son una gran oportunidad para Europa. Sin duda, es el momento.
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