Ya llegó el otoño, la estación más espectacular en nuestra tierra, la que nos ofrece paisajes de película cara americana, la que nos da, un año bueno, setas con las que gozar en los fogones de cualquier casa, la que nos obliga a prender la lumbre, mayormente porque por la mañana y a la anochecida hace frío; en cambio, un otoño normal, a mediodía da gusto ponerse al sol que más calienta y recoger en nuestro cuerpo las últimas dosis de vitamina D. Lo único malo que tiene esta estación es que se acaban las fiestas de los pueblos. En la reserva de necios del ayuntamiento de Vegas solamente hacen fiesta tres pueblos; la última, la de Castrillo, se celebra la semana que viene y el fin de semana anterior las hubo en Castro y en San Vicente. Cuando uno era joven estas tres fiestas eran imperdonables, ibas aunque tuvieras una fiebre de caballo porque sabías que se acababa la diversión pueblerina, de prado y calimochos a gogó y algún ligue esporádico, de los de casi traición, hasta finales de la primavera siguiente. Seamos sinceros: lo de ligar era, con mucho, lo de menos; lo importante era estar con los amigos preparándola como Amancio, bebiendo hasta perder el sentido y procurando reírte de la autoridad (la Guardia Civil), para demostrar que los mandaban en la película éramos los de Vegas. Recuerdo una noche en Castrillo; hacía un frío del copón, por lo que nos refugiamos en el Casino, que estaba lleno de bote en bote. Nos juntamos ocho o nueve de Vegas y comenzamos a cantar, muy malamente, por cierto, mientras las rondas caían una detrás de otra. De pronto, entran en el bar cuatro guardias civiles, dos conocidos del cuartel del pueblo, y dos foráneos, un teniente y un cabo; los cánticos arreciaron, se hicieron más hirientes y ofensivos, tipo «más zonas verdes y menos verdes en la zona». El comandante del puesto de Vegas, en un momento indeterminado, me apunta con el dedo y me indica que vaya dónde estaban. «¿Qué pasa, -pregunté-? Diles que dejen de cantar y armar bulla. Sabes que no me van a hacer ni puñetero caso. Tú, díselo». Volví dónde mis colegas y les informé que la autoridad exigía que nos callásemos..., los cánticos se hicieron más fuertes. La cosa, para el resto de los clientes del bar era como una partida de ping-pon: volvían la cabeza de la barra, dónde estaban los guardias, a la mesa dónde nos encontrábamos nosotros. La cosa calmó cuando ellos se fueron. Después de dos o tres rondas más, también salimos nosotros. Lo malo era que nos estaban esperando a la puerta... «Carné de identidad, por favor». Evidentemente no lo llevábamos ninguno y comenzaron a tomar datos para la posterior denuncia por desórdenes públicos. Todos callamos y dábamos nuestros datos, que, por cierto, sabían de memoria. Todos menos dos: Ursi, que fiel a su carácter intentaba razonar con ellos de mala manera y Pepín, que no dejaba de repetir la frase que quedó como épica en la historia del pueblecito: «Escribe, escribe, que otro borrará», porque tenía un cuñado que era capitán de la benemérita y daba por realidad cierta que le iba a quitar la denuncia. Por cosas como estas, cuándo me convertí en padre de dos hijos, grandes como castillos y con la misma marcha que tenía un servidor, jamás se lo reproché, ¡sólo faltaba! La cosa es que ellos, al lado de las que preparó un servidor y su abuelo, eran amateurs, y, a diferencia de sus ancestros, sí acabaron una carrera y viven infinitamente mejor que nosotros. Y no penséis que yo era el más golfo y gánster de la pandilla: todo lo contrario; era el más infeliz, el que daba la cara ante la autoridad, el que se jugaba la prórroga de la mili cada verano en las fiestas de Vegas y alrededores. Si las barbaridades que hicimos en aquella época algún pringado las hace hoy, cuarenta y pico años después, acabará, sin duda, en el talego y no exagero ni un pelo. A título de ejemplo esclarecedor, ensayamos una obra de teatro que se titulaba «El Fernando», donde el protagonista era Fernando VII. Una escena de la misma retrataba un wáter con un propio haciendo sus necesidades, que terminaba limpiándose el culo con un tomo de la Constitución del año 1812. ¿Pensáis que esta escena sería posible hoy? Da que pensar que hubiera más libertad, y menos miedo en la España postfranquista que ahora...Salud y anarquía.
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