Soy la persona que no renuncia ningún año por estas fechas de ver en TV la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, a través de una espectacular, ordenada, brillante y emotiva ceremonia (al menos para quien suscribe) que tiene lugar todos los años en Oviedo, presidida por la familia real al completo. No solo lo digo yo, está hoy ya considerada como uno de los actos culturales más importantes de la agenda internacional.
Los premios han consistido en una escultura diseñada por Joan Miró que simboliza el triunfo de los más altos valores humanos, con un peso de alrededor de ocho kilos. Al que hay que sumar: un diploma acreditativo, una insignia y una cantidad de 50.000 euros para cada premio dividido en partes iguales en el caso de que el premio sea compartido,
Hagamos una breve mención de las razones de elección por el jurado a tres de los premiados. Comenzó la entrega al Premio de las Letras otorgado al escritor catalán Eduardo Mendoza. Según el jurado, por su prosa clara que engloba tanto el lenguaje popular como los cultismos inesperados. En sus libros sobresalen el sentido del humor y la visión desenfadada y humanística de la existencia. Es un verdadero encanto leer sus novelas e indudable gran proveedor de felicidad para sus lectores.
El Premio de Comunicación y Humanidades recayó en el escritor alemán de origen coreano Byung-Chul Han, por su brillantez en el análisis de los retos de la sociedad tecnológica actual, como el individualismo, el cansancio, la autoexplotación, la deshumanización, la hiperproductividad y el aislamiento de las personas. Según sus palabras de cierre: «Nos parecemos al siervo que arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo «.
El Premio de Cooperación Internacional cayó en manos del italiano Mario Draghi, por el reconocimiento de su liderazgo y fino compromiso con los valores fundamentales y progreso de la Unión Europea, preservando el multilateralismo, la cooperación de los Estados miembros y el fortalecimiento institucional y económico de la Unión. Culminó con la frase: «El mundo ha cambiado y Europa se afana en responder».
Intervinieron como cierre de la ceremonia, la Princesa de Asturias, doña Leonor, y su padre el rey Felipe VI. La primera cerró su intervención en defensa de la democracia frente a la intolerancia. El segundo hizo hincapié en la educación como pilar de conveniencia democrática y en la importancia de que los ejemplos de los premiados sirvan para mejorar la sociedad.
En el contenido de los discursos de los premiados se pudo apreciar una gran preocupación por la deficiente situación social y política mundial. Y ello debido a que la paz y la concordia están hoy gravitando en cerebros tan «dignos de encomio y alabanza» como los de Trump o Putin, quienes no cejan ni van a cejar de armarla para su provecho dondequiera que sea. El primero, apoyando a aquellos aliados impulsados en la expansión de sus dominios, como el imperialismo israelita; o bien endilgando unos cuantos millones de dólares a la maltrecha economía argentina para que el ínclito y petulante ultra proyanqui Meloni se mantenga fiel y en el poder. El segundo, con el fin de recuperar una nueva y hegemónica URSS, comenzando por la incorporación, de momento frustrada, Ucrania. ¿Y China? Pues, el otro poderoso, de momento, a la expectativa.