28/04/2026
 Actualizado a 28/04/2026
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Ya ha pasado un año desde aquel día en que todo se apagó. De pronto desaparecieron la luz, Internet, las telecomunicaciones. Y todas esas tareas cotidianas que acostumbramos a desempeñar con un clic se convirtieron en barreras insalvables para el desarrollo normal de nuestro día a día.

En cuestión de segundos, retrocedimos en el tiempo más de un siglo y echamos de menos ciertos objetos de los que nos habíamos ido deshaciendo porque se habían quedado obsoletos, absorbidos por la tecnología. Cocinas de gas, linternas o transistores de los que funcionan con pilas, entre otros. Todos pensamos que, total, ya no hacen falta.

En este momento, queridos lectores, más de uno pensamos en alguno de nuestros mayores que preferían guardarlos. Por si acaso, porque nunca se sabe.

Aquel caos que desataron apenas unas horas de apagón nos hizo darnos cuenta de lo peligrosamente dependientes y vulnerables que somos.

Muchos nos preguntamos cómo se las arreglarían las personas antes de tener acceso a la luz eléctrica y al resto de servicios que hoy nos resultan imprescindibles para vivir.

Doce meses después, tras innumerables investigaciones, seguimos sin saber con certeza cuál fue el origen del fallo. Solo hay dos conclusiones claras:

Que no existe un responsable que se haga cargo de las compensaciones económicas correspondientes por lo ocurrido y que ha subido la factura de la luz.

Tal vez llegue un momento en que este incremento imparable y generalizado de precios provoque un cambio radical en nuestra forma de vida que anule la tecnología. Seguro que hay quien ya se lo ha planteado.

Si es inviable pagar las facturas, se sustituyen las bombillas por velas y linternas, la calefacción por la lumbre y las pantallas por libros en papel, juegos de mesa o conversaciones con las personas que nos rodean.

Igual la oscuridad no es tan mala, después de todo.

Si la compra en el supermercado resulta inasumible, a criar gallinas y a cultivar el huerto. Y nada de abonos químicos que cada vez son más caros, caca de vaca.

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