Hace algo más de un siglo el tesoro de Aliseda (Cáceres), cima de la orfebrería tartésica, fue hallado fortuitamente y, antes de rescatarse, llevado a fundir a un joyero que lo pagó al peso del metal. Podríamos sospechar que no alcanzaría mucho valor a causa de su inexistente ley y una posible mezcla con otros elementos, pero parece ser que no es así y el oro es siempre oro.
Durante estos últimos años los metales preciosos han multiplicado su valor en una escalada sin aparente techo, espoleados por la crisis de otros bienes especulativos y la inestabilidad mundial. Con ello ha cambiado la actitud de los ladrones ante los objetos de oro y otros materiales preciosos exhibidos en los museos: los robos han proliferado y sus maneras han cambiado: son asaltos directos, rápidos y violentos. Así el sucedido con el tesoro de Villena, conjunto insigne de la Edad del Bronce europea, el pasado 27.
No es difícil robar en un museo. Resulta más sencillo que en la mayoría de las joyerías y da igual la escala o importancia del museo, como demuestran el Louvre o el Británico, objeto de recientes sustracciones. Las mayores medidas de seguridad de las obras que conservan residen en su singularidad, su carácter único, y la exhaustiva documentación que las acompaña, susceptible de identificarlas en cualquier paradero ilícito. Por ese motivo, los robos más habituales suelen ser encargos, de particulares con muchísimo dinero que desean soberbia o maniáticamente poseer un objeto sin mostrarlo a la luz pública nunca más o para un mercado negro con idéntica condición. Solo hay otra opción: que se roben para ser fundidos, despiezados o transformados. Y esa es aún peor alternativa.
Incrementar medidas de seguridad en cualquier caso es una buena decisión, habida cuenta de los déficits en este aspecto –y en tantos otros– que los museos públicos arrastran casi como característica, lastrados por instalaciones siempre a la espera de una actualización, una reparación o una reforma integral. La coordinación con las fuerzas de seguridad o una mayor alerta son obviedades que no todas las veces se dan o funcionan de manera sostenida.
El dilema radica ahora en qué hacer con las obras susceptibles de convertirse en objetivos de esa forma de agresión patrimonial tan demoledora. Retirarlas de exposición es una medida prudente, pero a la vez una pequeña claudicación ante el peligro que no se adopta en otros casos. Ocultar objetos al disfrute público en pro de un bien mayor, su conservación, es un patrón de comportamiento museístico, en este caso impulsado por un temor anticipativo. Recordemos que, en el diccionario, exponer significa mostrar, pero también arriesgar. ¿Cabe exponerse a ese riesgo? ¿ Cabe arriesgarse a hacer lo que se nos encomienda hacer? ¿No es la misma pregunta que nos hacemos cada día, en cualquier asunto? Este es el debate y no cuestionar al modesto museo de Villena a toro pasado como si culpásemos al joyero por haber sido atracado.
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