09/03/2026
 Actualizado a 09/03/2026
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Como decía el irrepetible Juan Florencio Pérez ‘Chencho’, uno de mis maestros en el oficio de periodista, «una de las ventajas de sumar años es haber toreado en un montón de plazas». Más aún, haber conocido a personas extraordinarias. Cornadas al margen, la selectiva memoria que nos acompaña por el camino elimina a todos esos personajes que no merecen la pena y archiva a quienes realmente han aportado algo a nuestras vidas.

En 1986, en los primeros meses de vida de La Crónica de León, tuve el privilegio de acudir a una comida en el Casino de León con algunos afamados periodistas de Madrid y de León. Era la manera que tenía Chencho de introducir a aquel joven juntaletras en los círculos del lobby de la profesión. Allí estaba un tal Fernando Ónega, que dirigía el desaparecido diario Ya. Imposible olvidar aquellas gafas de cristales tintados. 
Mucho menos el conocimiento, la serenidad y el respeto con el que conversaba sobre la política nacional del momento.
Una parte del diálogo versó sobre su experiencia como director de informativos de la SER el 23-F de 1981, cuando apenas llevaba un par de semanas en el cargo. Adolfo Suárez también fue protagonista de aquella sobremesa, al igual que Felipe González, Alfonso Guerra, Manuel Fraga o Santiago Carrillo. 

Y un político poco conocido, que respondía al nombre de José María Aznar. Creo que abrí la boca menos que un papón en la Procesión del Silencio. Ver, oír, callar y aprender de la experiencia ajena, práctica erradicada en el periodismo – y en la sociedad - actual.

Nunca más he vuelto a coincidir con Ónega en foro alguno, pero he seguido su trayectoria en prensa, radio y televisión. 

He escuchado con atención sus comentarios, sus reflexiones y sus mensajes calmados, siempre lejos de la polarización política que tanto se practica hoy. Está todo dicho sobre un cronista imprescindible del último medio siglo, hijo adoptivo de esta provincia. 
DEP.

 

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