Dos días seguidos de la pasada semana Santa, con tanto turismo, se repitió la misma estampa. Conversaba al sol con un vecino, impagable placer, y también algunas vacas tomaban el sol en la acera, cosas suyas. Llegó un coche, frenó en seco y salieron como locos con el móvil a grabar imágenes a unas vacas que ni se inmutaban.
Uno de mis contertulios, Evelio, un jubilado que fue ganadero, pastor, zapatero y un poco de todo, un tipo muy socarrón, no pudo evitar una de sus frases típicas: «Miran como si les extrañara que las patas les lleguen hasta el suelo».
Tenía mucha filosofía la frase. Casi todas las frases de esta gente significan mucho más de lo que dicen. Y surgió una conversación: «¿Y si les contamos aquellas historias de animales mágicos que tan bien nos narraba Prudencio el Mozo?».
Es cierto. Si les asusta una vaca eso es que seguramente entienden mucho mejor los seres mutantes de una película de zombies que las historias de la mujer loba o el hombre choto que Prudencio nos contaba a los chavales cuando bajábamos de la escuela en días de mucho frío, en los que no se podía jugar en la calle. Decía él que en Cuba, donde fue emigrante de los que no hizo fortuna, le contaron la historia del hombre choto diciéndole que era nativo de las montañas de León, en España. Contaba que era un ser nacido de las relaciones de una pastora a la que no dejaban bajar del chozo y un macho cabrío. Era el fruto un ser muy peludo, que saltaba de peña en peña sin ninguna dificultad y que heredó la misma tragedia de su madre, no le dejaban bajar del chozo, para que nadie viera su extraña fisonomía.
Pero por allí pasaba, de vez en cuando, una bella dama que paseaba a caballo. Él la seguía sin ninguna dificultad y la mujer se sentía como vigilada. Se hicieron amigos porque ella se entusiasmaba con los secretos de las montañas que aquel extraño ser le contaba. Ella no lo sabía pero el hombre choto se había enamorado de ella. Acabó el verano y la mujer se fue a otro lugar de clima menos frío. El omechoto, como Prudencio decía, se volvió loco de amor y empezó a saltar de peña en peña, sin parar, hasta que extenuado cayó de una y se mató.
En ese momento, Genoveva, que era hermana de Prudencio, soltera como él, y que siempre estaba con los pies metidos en el horno de la cocina, hacía siempre el mismo comentario: «El ser era hijo del amor y de amor murió».
Prudencio arqueaba las cejas. Sacaba su enorme paquete de tabaco suelto, su librito y liaba otro de esos enormes cigarros de caldo. Después del comentario de su hermana nos decía: «Venga, para casa, que ya oscureció. Mañana os cuento la historia de la mujer loba de la sierra del Caurel».
– ¿También te la contaron en Cuba?
– No esa fue en el Bierzo, cuando trabajé en el wolfram.
Una vaca mugió y se provocó una estampida... de los del móvil, asustados. Como para hablarles de la mujer loba.