La estética viene en el lote ultra y, entre otras actualizaciones del pijerío, se ha puesto de moda el estilo denominado -en inglés, of course- «old money». El dinero viejo de toda la vida. Su principal pretensión es presentarse ante los demás (verbo posturear) como revelador de una fortuna gran reserva, rico de estirpe, en absoluto arribista o esnob, y, por tanto, no necesitado de exhibir riqueza sino de envolverse en ella de forma discreta, como quien no quiere la cosa, una suerte de pudorosa opulencia: tengo pasta porque no tengo más remedio, como quien tiene los pies planos. Lujo silencioso, lo llaman también, aunque grite clasismo a los cuatro vientos.
La riqueza vieja se imita con dificultad. Se reconoce de inmediato al rico de familia: más allá de su físico impecable (dentadura de casta, mandíbula salediza…), posee una afabilidad distinguida, un «saber estar» que se decía, y se mueve como pez en el agua en cualquier situación porque se sabe a salvo de cualquier marejada. A veces ni siquiera lleva dinero para contingencias, porque las contingencias pertenecen a un territorio sobre el que es llevado en volandas. Trata a todos, conocidos o no, con familiaridad un punto indulgente y si su cháchara informal y campechana no le compromete, la protocolaria no respeta norma alguna porque todo se disculpa a un invitado y él siempre está invitado, es un honor su presencia y acaso su mera existencia lo sea. Sus faltas desaparecen mientras reconviene las ajenas paternalmente. La palabra condescendencia le define.
Pienso en esa forma de ser y estar cuando veo a salto de mata alguno de los incesantes reportajes y panegíricos misacantanos a cuenta de la tediosa visita papal. Leo lisonjas a propósito de su discurso en la cámara de nuestra soberanía democrática, que sonó a homilía y duró más o menos eso, a propósito de lo que cualquier ser humano defendería, sin pararse en el agravio de que cuestionara principios y leyes aprobadas por esa misma cámara o en la propia contradicción entre sus afirmaciones y las prácticas de su organización.
El papa no es un izquierdista encubierto, no es compatible con el cargo. Ser antitrumpista no lo convierte a uno más que en una persona decente. La traslación del centro político, arrastrado hacia la derecha por obra y gracia de la proliferación neofascista, ha convertido a cualquier ser humano en un zurdo sospechoso.
En época de ídolos y tramoyas alguien con imagen global afirma ideas que hace poco eran obvias y cunde la admiración. Pienso en ello cuando observo cómo este anciano sacerdote es halagado y halaga sin tasa y se le trata con modos y maneras rancios y protocolarios. Si existe una institución old money en el mundo esta es la iglesia, la católica en particular, condescendiente por antonomasia, incoherente por definición. Lo demás son imitaciones; que se lo digan a Florentino.