25/03/2026
 Actualizado a 25/03/2026
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Recuerdo, no sin cierta añosa nostalgia, aquella frase con que, en mi remota juventud, los voceros oficiales de La Caverna alarmaban e intentaban reprimir aquella imparable ola, para algunos tsunami, de normalidad que, según ellos, nos invadía, vamos, que invadía sus esencias patrias enraizadas, al menos teóricamente, en el más rancio nacionalcatolicismo, y otros muchos sentíamos que nos liberaba cuerpo y alma cautivos en la pacata e hipócrita moralidad recetada, para los demás, por el funesto régimen franquista. Era la invasora una “ola de erotismo”. Ola que no solo nos enseñó a mejor relacionarnos sanamente con nuestro cuerpo sino que nos acercó al gran descubrimiento del cuerpo femenino, sus sensibilidades y sus posibilidades, como a ellas, las mujeres, respecto del cuerpo masculino. Y todo ello (lecturas, películas, conversaciones, prejuicios, descubrimientos) compartido aun ser ellas y nosotros “jóvenes a la intemperie” (gracias, Jesús Torbado Carro).

Mas, ¡ay involución!, hoy, una vieja ola nada liberadora, sino todo lo contrario, nos invade, ¡ah tristeza!, queriendo pasar, lejos ya aquel largo y triste tiempo, por democrática. Sí día a día viene salpicando todo una contaminadora y contagiosa ola de machismo puro y duro. Algo hemos hecho mal, sin duda. Nos acogimos -o nos acogieron- al borrón y cuenta nueva, sin tener en cuenta que la pedagogía correcta hubiera sido detectar y examinar los errores cometidos, proceder a su corrección y repetir la misma cuenta u otra de similares características. De nada sirve el olvido de los yerros cometidos o sufridos. Hemos tristemente tropezado no dos, sino muchas más veces con la misma piedra y ahora seguimos pagando las crueles consecuencias. Hemos pasado, no hemos puesto reparo o tacha alguna a muchas conductas en nombre de una malentendida libertad y nos hemos embrutecido y ahora son los brutos los que, haciéndose las víctimas de los avances logrados, se empeñan en retroceder.

De dónde si no vienen los sangrientos y tristes espectáculos a los que se diría que impávidamente estamos asistiendo. De dónde el alarmante crecimiento de los crímenes machistas, feminicidios, habidos en lo que va de año. De dónde los filicidios. De dónde, en nombre de qué santa tradición, ¡Ah Magdalena!, la negativa a admitir mujeres en determinadas cofradías semanasanteras. De dónde la violencia contra una persona transgénero. ¡Ay los bárbaros!, que nos hacen retroceder inadecuadamente. ¡Se acabó la hora de los silencios! ¡Nos hacen cómplices!
¡Salud!, y buena semana hagamos.
 

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