Aunque todo tienda a desvanecerse, lo juvenil inevitablemente, los recuerdos de la infancia por fortuna, las olas permanecen. No obstante, mudan su presencia casi omnipresente en el lenguaje y hoy nada de todo aquello reina en titulares. No, las olas y oleadas lo son ahora de calor, de virus, de turistas, de audiencias, de robos… nada que haga referencia a aquel emocionario primitivo, que no solo sepulta la edad sino también los objetivos teledirigidos. Sucede así que el término ola se ha cargado de un valor tremendamente peyorativo que invita a huir de él con solo nombrarlo. Mucho contribuyó a ello el descubrimiento tardío de que existían olas asesinas con nombre asiático, tsunami, esa ola de grandes dimensiones que todo lo arrasa filmada con efectismo por Juan Antonio Bayona. Por desgracia, es casi la primera imagen que se nos viene a la cabeza cuando de olas hablamos.
Aquella muchacha tenía, en cambio, sal en los ojos, sed en el vientre, caracolas de sombra y trigo caliente, la cortejaban los hombres por los senderos y le crecían amapolas en la voz. Fue entonces cuando su padre solo pudo desear que no durmiera sola. Fidel y yo la hemos amado mucho y por eso continuamos cantándole, a pesar de que los ritmos de la vida sean un poco más ajados. Se lo debemos a Hilario Camacho.
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