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Ojos de soldado

28/02/2026
 Actualizado a 28/02/2026
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Fue el pasado sábado. Era una tarde esperada de primavera temprana. Yo pasé a su lado. Ellos disfrutaban cómplices. Al atardecer. En un banco situado en un pequeño promontorio con vistas a la orilla de la playa de la Ñora, cerca de Gijón. Él, porte atlético y cierto aire desenfadado, lo que intensificaba su atractivo silvestre, de una palidez dorada por el sol mortecino que se resistía a abandonar la tarde. Y ella, con naturalidad aniñada, y flequillo tímido, miraba, embelesada, las maniobras de despegue y control de aquel artefacto aéreo que semejaba a un cangrejo cuadricóptero con ínfulas de aeronave, coqueteando con el aire. 

Sobre un banco estaban en formación las baterías de litio y multitud de utensilios necesarios para insuflarle aliento de cinco en cinco minutos. Píldoras de vida para disfrutar de las piruetas en el cielo. Quise preguntarle.

– No es fácil manejarlo. ¿Ves aquellas maderas que forman un ángulo recto con la arena? Pues precisa mucha pericia hacerlo pasar por debajo. 

– A mí me ha resultado imposible conseguir meterlo por aquel espacio diminuto. Él lo ha conseguido enseguida.

Sonreía mientras me contestaba, desplegando una insultante sonrisa blanca que lucía ante la dama de los ojos pardos que le miraba con cierta admiración disimulada. 

– Estos aparatos tienen gran utilidad en el terreno bélico ¿no?

– Sí. De hecho es un invento militar. Pero tienen muchas aplicaciones: agricultura, logística, hasta para salvamento. La semana pasada mi unidad participó con uno de estos, más grande, porque este es un juguete, en el rescate de una persona. 

El aparato cimbreaba en el aire semejando a uno de esos zancudos zapatones que flotan, escurridizos, sobre las aguas de nuestros ríos. 

Mientras, las gaviotas, pululaban con completa despreocupación ante el liliputiense de aluminio. La playa se iba quedando sola. Pero la pareja continuaba ajena al paso de las horas.

Y sobre otra playa solitaria, en Odesa, Ucrania, una patrulla de drones en formación alimentaba los ojos de los soldados locales, hastiados por la persistencia de una guerra que juzgaron breve pero que se dilató hasta llegar a los cuatro años. Sobre la arena una partida de hombres vigilada por drones de guerra avanzaba ignorando que pronto iba a ser siembra inerte sobre la arena.

De hecho es un invento militar. Me había dicho.

Y el mar negro mereció su nombre. Luto que ya llora a dos millones de víctimas entregadas a la tierra. Y otro mar de lágrimas de desplazados.

Los cangrejos mercenarios de patas largas y huesudas sobrevuelan husmeando la muerte, empuñando granadas, ametralladoras o fusiles. La llamada guerra de los drones. Los ojos de los soldados.

Abandono la playa de la Ñora, mientras el soldado y la muchacha recogen su juguete ya desmadejado. Termina el día. Y con él mi paseo.

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