Como hago periódicamente, cuando hay que ventilar porque las noticias apestan, o quiero aliviar el voltaje de la última columna, hoy toca buscar la no noticia, como ese día sin apenas cena porque hubo cocido como dios manda y natillas con galleta, para comer. Y porque la noticia que me importa anda a estas horas por las calles con pancartas y batas blancas. En espera de ver la llegada a meta y los efectos que produzca su protesta, se me ocurrió que algo tan liviano como una charla acompañada de castañas, serían elementos perfectos para esta semana. Una no noticia fácil de conseguir en un otoño leonés, donde, detrás de cada puerta se celebra un filandón. Tanto colaboró el destino en la búsqueda de lo liviano que, a pesar de la abundancia, asistí al único filandón inexistente, por ausencia del ponente.
Dicho así resulta simpático, pero es fácil imaginar al organizador de un evento que, por lo que sea, se encuentra sin protagonista cuarenta y ocho horas antes del acto anunciado. A pesar de la calma transmitida por Gabriel mientras se disculpaba con nosotros, podemos sospechar la sensación de perdición que sentiría en un primer momento, tomando la segunda acepción que la RAE da a esta palabra. Perdición: “ruina o daño grave en lo temporal o espiritual”. Pero no quiso el destino que hubiera daño alguno, ni grave, ni leve, ni largo, ni corto. Todo lo contrario. Perdición y castañas fueron la solución, porque los magostos leoneses se elaboran con infinidad de ingredientes. En esta ocasión tomamos cine negro con castañas.
“Perdición” es un cortometraje de Rodolfo Herrero, que muestra de lo que es capaz una madre por un hijo. En el cartel, nuestra Inés Diago aparece sujetando un paraguas y una linterna, con Javier Bermejo conduciendo bajo la misma lluvia. O quizá sea otra. Ya en la primera escena, mientras la madre recorta la noticia de que se cumple un año de la desaparición de su hija, intuyes que se le acabó la paciencia. Hasta en el cine más negro la mente de una madre es transparente. Es imposible que quince minutos den para más, que madre y monstruo se mimeticen de tal manera. Mira que puede resultar claustrofóbico un cine vacío y oscuro, a pesar de sus dimensiones. Mira que produce azogue una máscara con tres caras, consiguiendo el efecto de que, con un simple giro tiene trescientos sesenta grados de visión, como ven los conejos y los loros, como si tanta visión escondiera un peligro. Y mira que encoge una aguja clavándose bajo una uña o un brazo en alto empuñando un martillo.
No estoy destripando nada porque fueron el propio director, Ricardo Fernández (director de fotografía) y Álvaro Paramio (operador de Cámara), con otros miembros del equipo presentes en la sala, quienes, al acabar la proyección, explicaron sin complejos los secretos de un rodaje con escasez de presupuesto y exceso de imaginación y trabajo. Cine negro, rodado en blanco y negro, dicen. Y recordaron con cariño los cuatro días de rodaje en el cine Mary de Cistierna, antes de abrir debate. No se trataba de analizar el contenido. No era el momento de buscar detractores o defensores, de cuestionar o sentenciar a una madre, capaz de todo para recuperar a su hija. Fue otra cosa. Una forma deliciosa de pasar una tarde de sábado, mientras el fuego iba domando a las castañas. Se convirtió en juegos de niños ver el dedo de silicona en el que se clavaba la aguja, reproducción exacta del dedo del actor. Resultó divertido el martillo de goma y digno de admiración el pequeñísimo espacio donde el equipo apiñado, hacían nacer luces cegadoras, lluvia y el vaivén de un coche varado en el interior de un garaje.
Mientras tanto, en el público, alguien atendía con especial interés y cariño, dejándose llevar de Valdefresno a Cistierna. Al pasado. Al internado en el que compartimos infancia con Juli, la amiga que casualmente nos acompañaba esa tarde. Descubrimos con ella, como cuando éramos niñas, que casi nada de lo que vemos es cierto. Al ponernos de pie Juli me susurró «Qué pena, todo lo que vemos en el cine es mentira». La miré fijamente sin saber qué decir, buscando en sus palabras una ironía que no encontré. Hoy entenderá mi mirada, en caso de que me lea.
Por un momento, con aquel comentario hecho con la misma inocencia de nuestros siete años, creí verla allí, junto al cine Mary al que dudo que entráramos. Y su queja infantil me hizo sentir serena y a salvo, con la amiga de la infancia. O con la infancia, simplemente.
Detrás de ella, en la pantalla seguía la carátula de la película. Allí perpetuados, Javier Bermejo conduce en una noche de tormenta con la ciudad al fondo. Y la bella Inés, parada en el centro de Cistierna con su paraguas en la mano, protegiéndose de una lluvia que empezaba sobre su cabeza y terminaba donde acababan las varillas del paraguas. Todo lo que ya supimos que no existe, pero seguimos creyéndolo cuando volvemos a verlo. Eso es magia, es cine.
La no noticia que buscaba era llegar aquí para decir Feliz cumpleaños, Juli. Rosas para ti.