Con esto de las próximas elecciones generales y el optimismo excesivo de la derecha, conviene rescatar aquella lección de vida que un padre le enseñó a su hijo. Era un chaval de buena voluntad y confiado. Y el padre, cansado de que el chico no espabilara ante los avatares que se le presentaban en el día a día, lo llevó una tarde a un parque y le invitó a que se subiera a un árbol. Y el muchacho, con su acostumbrada sumisión y probada ingenuidad, obedeció.
Una vez arriba, el progenitor, debajo de la arbórea copa, abrió los brazos y le apremió a que se tirara. «Déjate caer –le dijo– que yo te recogeré antes de que llegues al suelo». El rapaz no se lo pensó dos veces. Ni siquiera una. Y se lanzó al vacío cual paracaidista. En ese instante el malicioso padre se hizo a un lado y el zambombazo del menor fue de misa cantada. El chico, atónito, dolorido y decepcionado, le inquirió, mirándolo a los ojos, con un sencillo «por qué» La respuesta resultó tajante: «Para que no te fíes ni de tu padre».
En esta sintonía el PP de Feijóo, salvando las distancias y a la vera de una complacencia fuera de lugar, está obligado a ser más cauto y menos optimista, menos arrogante ante las encuestas, no sea que le ocurra lo mismo que a la lechera de Samaniego, una fábula que siempre tendrá vigencia por su incuestionable moraleja. Ya se sabe que en la confianza está el peligro y eso lo vivieron los populares en sus propias carnes cuando los comicios de 2023. Ganaron las elecciones, sí, pero no pudieron gobernar, algo que, en síntesis, equivale a perder y, con ello, a sentarse en el rígido banco de la oposición. Y no hay tutía (no hay vuelta atrás), que dijo Fraga, en Sevilla, en la entrega del partido a Aznar.
De modo, que el PSOE sanchista –que el tradicional y socialdemócrata es otra cosa– siempre tiene un as en la manga. Siempre. El ‘amo’ de La Moncloa es un incorregible tahúr de la política, sea cual fuere el escenario que se le presente, como lo ha venido acreditando de manera sobrada durante los últimos ocho años. Nadie como él, a título paradigmático, ha sabido explotar lo del cambio de opinión con tanta asiduidad y descaro. A conveniencia. A cualquier precio. Y le ha salido bien. Ha conjugado al dedillo aquello de que «ladran, luego cabalgamos».
Y por si fuera poco, los sindicatos mayoritarios se han sumado a la causa. De forma torticera y arbitraria. Enmascarando una huelga general mediante unos postulados, que con la izquierda en el poder jamás se habían planteado en tiempos anteriores. Lo del inquilinato está muy bien, pero a río revuelto ganancia de pescadores, que es el asunto. Lo ha avanzado la ínclita María Jesús Montero, antigua vicepresidenta de Sánchez y hoy en situación de desguace en Andalucía: «La huelga general se convoca contra la oposición». Y tan ancha la señora. La verdad es que tiene más razón que un santo. Ese es el espíritu subyacente de la huelga del próximo 11 de noviembre.
Al Partido Popular le toca atarse bien los machos y no dejar un cabo suelto. Ni un resquicio. Y que no se olviden de aplicar lo de ojo avizor y diente de lobo. Funciona.
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