26/07/2026
 Actualizado a 26/07/2026
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Prácticamente en cada escena de ‘La Odisea’ se invoca la llamada Ley de Zeus: la necesidad de acoger al prójimo, de lavar los pies al viajero que ha caminado desde lejos, de proporcionar agua al sediento y de compartir el pan con quien padece hambre. Uno de los grandes temas del poema de Homero vertebra así la adaptación cinematográfica de Christopher Nolan para interpelar directamente a un presente marcado por guerras, genocidios, el auge de la ultraderecha y el odio hacia el extranjero, el inmigrante y todo aquel a quien se convierte en enemigo. La distancia entre el mundo actual y el mundo micénico, esa Edad de Bronce imaginada pero poderosamente real en la que transcurren los hechos, se estrecha a medida que avanza una película que brilla especialmente por la manera en que posibilita que un mito puesto por escrito hace más de dos mil quinientos años —y reescrito una y mil veces desde entonces— hable con tanta rotundidad sobre nosotros que parece haber sido concebido ayer. Las últimas palabras pronunciadas por Odiseo sobre el poder de las historias para recordar lo sucedido y sobre la incapacidad de quien escucha para asimilar los errores que se cometieron y no volver a cometerlos insisten en esa misma idea: quebrantar las leyes sagradas de los dioses —que no son otra cosa que las normas más elementales nacidas del reconocimiento de la vulnerabilidad del otro— acarrea tanto el castigo de quien las trasgrede como la decadencia de la civilización que las permite. El propio Odiseo lo sabe bien: la caída de Troya, la ciudad más esplendorosa de su tiempo, y el asesinato de todos sus habitantes nacieron de la idea genial de un solo hombre que comprendió, demasiado tarde, la magnitud de su ‘hybris’.

La historia de Odiseo es, entonces, la de un hombre traumatizado por la guerra y devorado por la culpa. No es casual la importancia que la película concede a otra ley sagrada: el deber de enterrar a los muertos, una obligación que el propio héroe se ha visto forzado a incumplir una y otra vez, vencido por la necesidad de sobrevivir. Pero ahí reside también la universalidad de ‘La Odisea’, pues la aventura del «de los muchos recursos» termina siendo, en cierto modo, la historia de todos: ese permanente conflicto entre el deber y el deseo —él mismo reconoce que su problema no es no poder regresar a Ítaca, sino no querer hacerlo, aunque sepa que debe—; ese enfrentamiento constante con unos dioses que no son sino la personificación de las fuerzas que gobiernan la existencia, imprevisibles, crueles e incomprensibles, cuyo lenguaje el ser humano apenas alcanza a descifrar, como se queja Odiseo a su protectora Atenea; esa imposibilidad de regresar a casa —porque ni la casa será ya la misma ni quien regresa será la misma persona que partió—, obligados como estamos a surcar los mares sin descanso, no siempre con el viento a favor, no siempre con los dioses de nuestro lado.

Nolan plasma así con su habitual gusto por lo superlativo algunas de las cuestiones que atraviesan la epopeya homérica: la hospitalidad y la amistad entre desconocidos, la necesidad de recordar y no abandonarse al placer de la flor de loto para ser realmente dueño del destino propio, la vida entendida como un camino que solo concluye con la muerte. ¿No termina acaso el protagonista, después de veinte años fuera del hogar, zarpando de nuevo hacia el sol de poniente? «Ten siempre a Ítaca en tu mente / Llegar allí es tu destino / Mas no apresures nunca el viaje», escribía al respecto el poeta griego Kavafis. El gran tema de ‘La Odisea’, y también de toda la filmografía de Christopher Nolan, no es otro que la naturaleza maleable e irreversible del tiempo, reflejada en la película por medio de un montaje que alterna pasado y presente, memoria e imaginación, tiempo de los hombres y tiempo de los dioses, tan irreconciliables como el amor entre el mortal Odiseo y la divina Calipso.

‘La Odisea’, una propuesta visual y conceptualmente fascinante, termina, sin embargo, lastrada por la ambición desmesurada de Nolan y los peores tics de su cine. El ritmo frenético y abrumador del director encadena escena tras escena, diálogo tras diálogo y frase grandilocuente tras frase grandilocuente sin conceder apenas una pausa que permita al espectador asimilar, pensar y, sobre todo, sentir las verdades que canta esta historia inmensa, que ha encontrado ahora en el lenguaje del cine —y eso sí que hay que reconocérselo a Nolan— otro de sus cauces para seguir siendo aquello que nunca dejó de ser: eterna.

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