Pocos géneros cinematográficos han sido tan dados a dejarse permear por los miedos y los traumas de cada época como el terror: lo que nos inquieta y nos asusta, para que funcione, tiene que conectar con lo más profundo e íntimo que habita en cada uno. Si la película es buena, el género actúa como un espejo que devuelve al espectador sus propias pesadillas, también aquellas que es incapaz de recordar o de nombrar, transmutadas en la pantalla en criaturas sobrenaturales y apariciones fantasmagóricas. Estas pueden incluso cambiar de significado a lo largo del tiempo, aunque mantengan el mismo nombre y el mismo rostro. En el momento histórico en que fue alumbrado por su creadora, dominado por el avance imparable del progreso tecnológico, Frankenstein encarnaba el temor romántico a una ciencia descontrolada. En los años setenta, en plena Transición española, la pobre y solitaria criatura de Mary Shelley adquiría en ‘El espíritu de la colmena’ (Víctor Erice, 1973) otra dimensión muy distinta: un trasunto del maquis republicano, condenado al silencio autoimpuesto y al aislamiento, expuesto ante los ojos de una sociedad que estaba a punto de dejar atrás el franquismo, pero que prefería olvidar el sufrimiento causado por una larguísima y cruel dictadura antes que enfrentarse a él.
Lo que cambia, por tanto, no es necesariamente aquello que vemos, sino la mirada de quien lo contempla. Una novia celosa que le cambia el sitio a una de sus amigas para evitar que se bese con su novio durante el juego de la botella entre un grupo de adolescentes podía ser vista como algo gracioso en ciertas comedias de otra época: un comportamiento normalizado en una sociedad que entendía los celos como síntoma de que el amor era real y no una impostura. Después de un largo y aun inacabado proceso de deconstrucción de lo que significa el amor romántico por parte del feminismo, que ha visibilizado las violencias que se dan dentro de la pareja –sobre todo por parte de los hombres hacia las mujeres, pero no solo–, la misma imagen adquiere connotaciones muy diferentes, hasta el punto de que aquello que antes podía provocar una carcajada hoy puede resultar profundamente inquietante.
Lo ha sabido detectar muy bien el director Curry Barker. El estadounidense, de tan solo 27 años, que adquirió fama con ‘Milk & Serial’ (2024), su primera película rodada con un micropresupuesto de apenas 800 dólares y estrenada directamente en YouTube, confirma ahora su talento para la puesta en escena y la logradísima mezcla de comedia y horror en ‘Obsession’, donde explora el miedo contemporáneo a caer preso de una relación tóxica. Los desconocidos Inde Navarrette y Michael Johnson interpretan respectivamente a la chica celosa, dispuesta a todo por demostrar que ama a su novio «más que a nada en el mundo», y al chico casi incel, que prefiere seguir viviendo en la fantasía de haber conquistado a su amor platónico, aunque sea a costa de haber sometido su voluntad mediante un extraño hechizo. Barker utiliza el género para hablar de la transformación que ha sufrido nuestra manera de entender el amor y convierte en pesadilla comportamientos que durante demasiado tiempo fueron vistos como naturales e incluso como las más altas muestras de afecto: los celos, el control, la posesión y la incapacidad de aceptar que el otro es, precisamente, otro, alguien cuya voluntad no nos pertenece. Lo verdaderamente terrorífico es que semejante concepción siga hoy en día constituyendo la aspiración de tantos.
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