Imagen Juan María García Campal

O cambio o complicidad

18/05/2016
 Actualizado a 11/09/2019
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Mediado el mes de mayo de este ensangrentado año, otro más, y continúan los asesinatos. No ceja la plaga –nadie me miente estadísticas de mejora, uno sólo es fracaso colectivo, social– del asesinato de mujeres a manos de esa clase de deudos –llamarlos hombres es como renunciar voluntariamente al mayor raciocinio que, se supone, nos caracteriza y distingue del resto de los animales– que, por mantenerse o haberse mantenido junto a una mujer en comunidad de vida e intereses, matrimonio, u otra relación estable de afectividad análoga a ésta, se han creído acreedores, poseedores de los derechos y vida de la mujer, de ‘su’ mujer. A la fecha en que escribo, lunes, –quizás también debiera dar hora y minutos– ya son treinta y seis las víctimas de feminicidio según la información y seguimiento efectuado por la asociación Otro Tiempo a través de su especializada página web ‘feminicidio.net’.

Elijo, decido escribir sobre esta lacra social porque, entre otras cosas, quiero tener clara conciencia de estar haciendo algo para acabar con esta habitual, casi crónica, injusticia; porque estimo que, también en esto, el silencio puede ser cómplice. Deberíamos recordar siempre lo escrito por el médico forense Lorente Acosta: «Los hombres tenemos que incorporarnos a la Igualdad y a la erradicación de la violencia de género. No hay posiciones neutrales ante esta realidad, o se hace algo para acabar con la injusticia que supone, o se está haciendo para que continúe». Al igual que podemos estar en otras muchas luchas y solidaridades –contra la xenofobia, la homofobia, apoyando a las personas que pretenden encontrar refugio en Europa– debemos estar, sin prejuicio alguno, junto a la vanguardia femenina, humana, frente a la violencia machista y en favor de erradicar la desigualdad.

¿No ha llegado ya el momento de que nos replanteemos seriamente esa parte importante de nuestras posiciones, actitudes y conductas que, incluso inconscientemente, vienen determinadas por nuestro proceso de formación y desarrollo en una sociedad, sin duda alguna, sexista y patriarcal?, o acaso creemos que podremos seguir todos hablando de cambio –incluso no hay organización política o sindical que no lo haga– y carecer de un proyecto de cambio personal y, más complicado aún, ponerlo en práctica. Difícilmente podremos, podré contribuir a construir una sociedad igualitaria si previamente no supero, superamos individualmente, los papeles históricamente atribuidos a los géneros, con cambio personal, sin complicidad.

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