Vivimos una época en la que no podemos ignorar lo que ocurre a nuestro alrededor para centrarnos en nuestra propia vida. Son tantos los acontecimientos importantes que invaden las portadas de los periódicos cada día, que respiramos con la sensación de estar haciendo historia constantemente, o al menos, de ser testigos de cómo la Historia se va escribiendo con cada suceso del que somos cómplices o testigos.
La semana pasada asistimos atónitos a la extracción de Nicolás Maduro y su ingreso en prisión, lo que significa la progresiva caída de un régimen dictatorial que llevaba oprimiendo al pueblo venezolano casi tres décadas. La transición hacia la democracia avanza lentamente, pero ya han comenzado a liberar presos políticos y todo parece indicar que la libertad se abrirá camino. Esta semana es Irán, son sus mujeres las protagonistas, otro pueblo sumido en la pobreza, la escasez, la enfermedad y la falta de libertad. Ellas se han quitado el velo y queman con sus cigarrillos imágenes de los ayatolas. ¿Cómo es posible tal involución en un país? Llevaban minifalda en los 70 y en 2026 no pueden salir solas a la calle.
En ambos casos las mujeres están protagonizando ambas caídas, ambas transiciones, porque el siglo XXI parece caracterizarse por ese nuevo papel en el que ellas toman el mando de la Historia, como la Libertad del cuadro de Delacroix.
El feminismo también debería evolucionar con estos nuevos tiempos y se echa en falta que las mujeres de occidente salgan en apoyo y defensa de estas heroínas cubanas, venezolanas e iraníes que arriesgan su vida por un futuro mejor para su tierra hoy apuñalada, pero no vencida.
Para algunas occidentales ciertas cuestiones se justifican con esa narrativa que habla de «otro contexto, otra cultura». ¿No nos estaremos convirtiendo en un movimiento de cartel y propaganda, hipócrita, egoísta? Nada justifica ese silencio, ese mirar hacia otro lado, ellas somos nosotras.