Occidente es un accidente. El cristianismo nos vino de Oriente, al igual que los Reyes Magos. Y en 711 nos vino un puñado de moros al mando de un tal Tariq Ibn Ziyad iniciándoseel período llamado Reconquista que duró siete siglos. Previamente se produjo la ‘conquista’ o ‘invasión’ de la península Ibérica "a sangre y fuego" por estos ‘bárbaros’ que, sin embargo, crearon en Córdoba el centro cultural más esplendoroso de Europa, continente en el que, dicho sea de paso, nunca se produjo una gran religión. Los verdaderos bárbaros fuimos nosotros con Oriente, al ir a jeringarlo con nuestras Cruzadas. Uno de los personajes de La vie en fleur, de Anatole France, dice con sentido del humor a propósito de la derrota árabe en Poitiers (732) que frenó y acabó la expansión musulmana en Occidente: "Ese día la ciencia, el arte y la civilización árabes retrocedieron ante la barbarie de los francos".
Y es que, con su llegada, el islam aportó a los imperios desintegrados y a las civilizaciones agonizantes el alma de una nueva vida colectiva, devolvió a los hombres y sus sociedades sus dimensiones específicamente humanas y divinas de trascendencia y de comunidad y, a partir de esta fe sencilla y fuerte, el fermento de un resurgir de las artes y de las ciencias, de la sabiduría profética y de las leyes. El primer renacimiento de Occidente se esbozó en la España musulmana, cuatro siglos antes que en Italia.
Al reunir el islam a las sectas ‘unitarias’, incluso para la Iglesia aparece no como una nueva religión, sino como ‘herejía cristiana’
No se podría explicar la expansión del islam sólo por causas externas, con el incontestable debilitamiento o desintegración de los imperios derrotados (Imperio romano de Oriente, Imperio sasánida persa, imperio visigodo hispánico) y menos todavía por razones exclusivamente militares. Las verdaderas razones de la fulgurante expansión del islam, inmediatamente después de la muerte del profeta Mahoma, en doce años, del 633 al 645, que permitieron asegurar la supremacía árabe en Palestina, Siria y Mesopotamia, así como en Egipto, fueron razones internas, ligadas a la misma esencia del islam. Esencia que excluye la Cruzada y la Inquisición, lo mismo que las excluye el cristianismo en su propia esencia, aunque hayan sido los cristianos, sus tan cristianos reyes, sus cleros y sus papas, los que realizaron el saqueo de Constantinopla, las masacres de Jerusalén, las hogueras de Torquemada o la masacre de San Bartolomé.
En primer lugar, el islam ofrecía la radical afirmación de la trascendencia de Dios como absoluto que relativiza todos los poderes. En segundo lugar, postulaba una igualdad de principio entre todos y se convertía en fermento de liberación de todas las opresiones políticas, económicas y religiosas. Le daba un rostro a todos los oprimidos. Ello explica que sólo una victoria militar, la del puñado de guerreros de Tariq que derroto al rey godo Rodrigo en Guadalete, consigue derribar imperios como el visigodo en España. La victoria de los árabes conlleva la liberación tanto de los judíos como de los cristianos arrianos o priscilianos, perseguidos por un clero fanatizado de amos y opresores. Se trata de una liberación a la vez social y religiosa. Ignacio Olagüe, en una tesis cercana a las ideas de Américo Castro y que ha tenido detractores y defensores (La revolución islámica de Occidente), muestra cuán inverosímil era que España hubiese sido conquistada militarmente por una invasión masiva de los habitantes de la península arábiga de Heyaz: "Cómo un puñado de nómadas, llegados de lo más lejano de Arabia, pudieron imponer su lengua y la ley islámica a los quince millones de habitantes que ocupaban los seiscientos mil kilómetros cuadrados de la península Ibérica?"
El primer renacimiento de Occidente se esbozó en la España musulmana, cuatro siglos antes que se experimentara en Italia
En cambio, es mucho más verosímil la importancia que tuvo el papel de las luchas religiosas y políticas en España durante los siglos V y VI. En el 476 Eurico convierte el arrianismo en religión oficial de la península entera. En el 589, tras el concilio de Toledo, Recaredo adjura del arrianismo. No obstante, en la mente del pueblo el problema socio-religioso sigue sin resolverse. Así, con la llegada de los árabes, arrianos, priscilianos y agnósticos se adhieren fácilmente al islam. La victoria de los musulmanes parece, pues, en esencia, como el resultado de una ‘guerra civil’. Al reunir el islam a las sectas ‘unitarias’ (las que rechazaban la definición de la Trinidad tal y como se formuló en el concilio de Nicea, que ven a Jesús como un profeta y niegan a llamar Madre de Dios a María), incluso para la Iglesia oficial aparece no como una nueva religión, sino como una ‘herejía cristiana’. Así lo cree San Juan Damasceno (fallecido en el 749) e incluso Dante no situará a Mahoma entre los paganos, sino entre los heréticos, en el ‘octavo círculo’ de su Infierno (canto 28). Esos ‘unitarios’, apoyados por algunas tribus bereberes del Rif, no tuvieron más que emprender una sola batalla entre el Guadalquivir y Cádiz para imponerse a los ‘ortodoxos’.
Una autoridad en la materia como Dozy, en su Historia de los musulmanes en España, escribe: «La conquista árabe fue un bien para España: produjo una fuerte revolución social, hizo desaparecer gran parte de los males que asolaban el país desde hacía siglos (…). Los árabes gobernaban según el siguiente sistema: los impuestos fueron drásticamente reducidos respecto a los gobiernos anteriores. Los árabes les quitaron a los ricos sus tierras que, repartidas entre las inmensas propiedades de las órdenes de caballería, eran cultivadas por campesinos, siervos o esclavos descontentos, y las repartieron equitativamente entre los que las trabajaban. Los nuevos propietarios las trabajaron con gran tesón y obtuvieron mejores cosechas. El comercio, liberado de sus limitaciones y de las pesadas cargas que lo aplastaban, se desarrolló notablemete. El Corán autorizaba a los esclavos a comprar su libertad mediante una indemnización razonable, y esto puso en juego nuevas energías. Todas estas medidas produjeron una situación de bienestar general que fue la causa de la buena acogida que se dispensó al principio de la dominación árabe». Las más de las veces, la expansión del islam no tomó forma de invasión y menos todavía de colonización. Blasco Ibáñez lo proclama en La catedral: "España, esclava de reyes teólogos y de obispos guerreros, recibía con los brazos abiertos a los invasores (…) En dos años, los árabes se apoderaron de lo que se tardó siete siglos en recuperar. No se trata de una invasión impuesta por las armas, sino de una nueva sociedad que echaba sus vigorosas raíces en todas direcciones. El principio de libertad de conciencia, piedra angular en la que se apoyaba la verdadera grandeza de las naciones, les era grato. En las ciudades que dominaban, aceptaban la iglesia del cristiano y la sinagoga del judío".
El principio de libertad de conciencia, piedra angular en la que se apoyaba la verdadera grandeza de las naciones, les era grato
Según el filósofo francés Roger Garaudy (Promesas del islam), al que venimos siguiendo en este discurso, si intentáramos expresar el carácter de tal expansión del islam con el vocabulario político actual, podríamos referirnos a una ‘crisis revolucionaria’, es decir, una mutación social nacida de la ruina de un sistema social caduco, adelantándose a las aspiraciones populares y abriendo nuevas posibilidades (en especial gracias a una reforma agraria). En este tipo de guerra, el arma principal no es de índole militar, sino económica, política y social, portadora de una nueva forma de cultura.
Y otro rasgo que explica la rápida penetración del islam es su aperturismo y tolerancia. El Corán ya ordenaba respetar y proteger a las ‘gentes del Libro’ (es decir la Biblia), judíos y cristianos, herederos también de la fe de Abraham (Ibrahim) que era la común referencia. La aceptación de aquellos judíos, y más aún los cristianos, que rechazaban convertirse al islam fue tal que pudieron acceder a las más altas funciones de estado. Al propio San Juan Damasceno le fue confiada, por el califa, la dirección financiera del Imperio de Damasco.
Es tradicional traducir yihad por ‘guerra santa’, (para ello existe otra palabra: harb) sin embargo es vocablo que significa ‘esfuerzo’ en el camino de Dios. Todos los textos invocados para convertir al islam en un esperpento, una ‘religión de la espada’ (o del kalashnikov), han sido invariablemente separados de su contexto. En una palabra, si no está excluida la guerra, no se la acepta más que para la defensa de la fe cuando ésta está amenazada, y no para propagar la fe por las armas. El gran yihad es una lucha contra sí mismo, una gran lección para muchos ‘revolucionarios’ que pretenden cambiarlo todo, salvo a sí mismos, como antaño tantos ‘cruzados’ que, en Jerusalén, durante la Reconquista, quemando herejes en autos de fe o contra los indios americanos, querían imponer a los demás un cristianismo del que estaban burlándose en cada uno de sus actos.
Nos vino de Oriente
29/11/2015
Actualizado a
15/09/2019
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