Paseando por mi barrio madrileño me saluda una mujer que está sentada en una terraza con dos chicas más jóvenes. Es la alcaldesa de Murias de Paredes, me dice y me habla de gente a la que yo conozco y de un bar en el que, como yo, pasó muchas horas en su juventud y que es protagonista de mi novela ‘El cielo de Madrid’: el Limbo. Nos hacemos una foto y yo sigo mi paseo no sin que antes la alcaldesa de Murias de Paredes me cuente las dificultades con las que se enfrentan los habitantes de Omaña, esa comarca leonesa en la que los montes suspiran, en bellísima expresión de Florentino Agustín Díez, pero en la que pocas personas quedan ya para contarlo.
Aunque la visite poco, siento una debilidad especial por esa comarca que se extiende al sur de Babia desde la orilla derecha del río Luna hasta el puerto de La Magdalena, en la frontera con El Bierzo y con Laciana; un territorio montuoso y lleno de diminutas aldeas que se reparten sus valles y sus laderas más soleadas y en la mayoría de las cuales apenas sobreviven ya dos o tres personas y en muchos casos ninguna, excepción hecha de sus dos ayuntamientos principales, Riello y Murias de Paredes, en los que se concentra la mayoría de la población. Aunque tampoco tanta como para presumir de ello. Murias de Paredes, por ejemplo, que, cuando yo estudiaba, era partido judicial y albergaba, por tanto, a jueces y procuradores, incluso cárcel durante mucho tiempo, apenas llega ya a los cien vecinos que se tienen que trasladar a Villablino para todo, incluso para dirimir sus pleitos. Lo de «Nos vemos en Murias» que se decían como amenaza los omañeses, babianos y lacianiegos que andaban en discusiones de herencias o de linderos hoy ya es sólo un recuerdo de mejores tiempos.
Y, sin embargo, Omaña, como Murias de Paredes, esa comarca ancestral que muchos leoneses desconocen y desprecian por remota pero que es una de las más hermosas e interesantes de la provincia (su arte religioso popular no tiene parangón en ella y lo mismo se puede decir de su arquitectura), debería recibir no sólo el interés de aquéllos, sino el apoyo de las instituciones públicas. A veces, supone mucho dinero, pero otras simplemente consiste en un poco de imaginación. ¿Cuánto cuesta, por ejemplo, una campaña turística que, rescatando la vieja frase popular, desprovista ya a estas alturas de cualquier connotación negativa, invitara a leoneses y forasteros a visitar Omaña con el reclamo de «Nos vemos en Murias»?
Nos vemos en Murias
25/10/2015
Actualizado a
08/09/2019
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