¿Se pueden pasar las vacaciones en la ciudad de dónde eres, donde trabajas y donde estas todo el año? Pues creo que sí. Hace años Cremer tituló «Cuando solo veraneaban las familias que tenían que veranear», o sea, los de siempre, los que «cerraban y se marchaban incluso con la corte hasta pongamos Santander, San Sebastián o Biarritz que era un mundo fantástico y lejano para los mortales que se quedaban», volvían después de los treinta días de rigor y al llegar y verlos parecían de otro planeta o galaxia. ¡Estuvo en Biarritz!..., decían. Ahora se viaja durante todo el año y se cambia de continente como antes de fiesta patronal, hasta encontrar el ambiente deseado.
Pues sí, se puede veranear en León, fue una ciudad no hace mucho muy poco turística y no se enfaden los del sector, era una reducida actividad entre semana y los fines de semana no quedaba ni el tato por las calles, casi toda la ciudad de vacaciones en julio y agosto, la gente que tiene pueblo al pueblo, que es la inmensa mayoría, o cuatro días a Asturias por eso del salitre y a la Feria de Muestras el que podía.
Ya los genios Bujía y Lamparilla en su ‘Guía cómica de León’ (1929) debatían sobre la necesidad de poner carteles en las cafeterías diciendo que se habla inglés u otro idioma y así internacionalizar la ciudad que estaba con escaso censo de ciudados de la Europa y las américas que nos visitase, y que estuvo así hasta casi entrado el siglo XXI.
En estos años pongamos hasta el año dos mil, la operación salida y retorno era a los pueblos de donde es la mayoría de los leoneses, el que no tenía pueblo lo habitual era ir a la candamia –aquí aprendió a nadar el todo León– los domingos, algo el sábado por la tarde a bañarse, tumbarse al sol, comenzar a fumar y también hablar con la novia. En ocasiones ir con la merienda al lado de la fuente del oro si daba para ello o simplemente con las manos en los bolsillos, silbar, pasear e intentar que te inviten.
En el pueblo lo habitual era y es abrir la casa cerrada casi todo el año. Airearla, abrir los cuarterones y estar a pleno sol, mullir los colchones de lana, colocar los bañadores y resto de ropa de verano, los alimentos a la despensa, la mosquera y el aparador, por fin salir a la calle a saludar a los vecinos y concretar la compra en el mismo pueblo de la leche diaria o los huevos de corral y saber a qué hora viene el panadero y el fresquero, pero claro Concha viene con sus padres y tiene que saber quién llegó de vacaciones, entonces con su amiga Manolita que también llegó de la ciudad con la familia salen a pasear por la carretera con un girasol medio empezado y una bolsa de pipas tostadas para hablar de todo y planear las vacaciones, luego pasarán por el teleclub, el trinquete y el bar a mirar un poco. Otros llegan de los madriles, las vascongadas, las cataluñas y quieren saber si llegaron los que están en el extranjero, que son unos cuantos y traen unos coches fantásticos con matrículas de colores que no se entienden. Concha y Manolita se miran y se dice «ahora si está todo dispuesto para el veraneo». Las dos van hasta la huerta de Melisa que vive todo el año en el pueblo, está recogiendo fresas y mirando si hay algún pichón en el palomar de barro, quieren que las ponga al día de lo que pasa en el pueblo, si hay alguien nuevo y de los días y horarios de las fiestas patronales en los pueblos del ayuntamiento, a partir de este momento comienza ese mundo fantástico del veraneo. Felices vacaciones.
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