Yo iba a escribir hoy sobre el Gordo de Navidad, sobre cómo 400 millones de euros pueden cambiar un pueblo, sobre cómo en La Bañeza, en la tienda china donde había ido a comprar papel de envolver, escuché que un viejo le decía a otro, ‘cagoendiez’, Manolín, cuánto tiempo, y el otro contestaba, pues me tocaron tres millones de euros, y se hizo un silencio sepulcral y la china, que jamás habla con nadie, empezó a tartamudear, qué, cuánto, cómo; y luego, en la plaza mayor, un paisano le gritó a un conocido, esto no es La Bañeza es Las Vegas; y cuando mi hermano preguntó de coña a mi vecina, ¿qué, no tocó?, ella dijo, s-sí, y sonrió a medias –contención leonesa–; y cuando yo le pregunté de coña al socorrista de la piscina, ¿qué, no tocó?, dijo, s-sí, y sonrió a medias –más contención–; y el electricista dijo, s-sí, y sonrió a medias –viva la contención–; y en el taller donde me estaban revisando el coche, el mecánico hundió las manos en los bolsillos del mono, miró al infinito y soltó, un rapaz de 20 años, siete millones, eso cómo se gestiona, y chasqueó la lengua, acabará fatal, sentenció, le di la razón, claro, ¿qué otra cosa podía hacer? Mi hermano tuvo el décimo en la mano y dijo, voy a sacar dinero al cajero, pero no volvió –a por el décimo, me refiero–. Perdió 328.000 euros netos. Así, en un segundín.
Yo iba a hablar sobre eso, sobre las cerca de mil personas que ganaron la lotería estas Navidades en La Bañeza. Sobre mi amigo Benevaldo que salió de su mercería, cruzó la calle a la carrera y me soltó, tienes que escribir sobre la psicosis de la lotería, se me acabaron las tangas de encaje, ponlo, pon eso. Yo iba a hacerlo, a ponerlo, pero entonces, Trump dio una rueda de prensa y dijo que había ‘extraído’ a Nicolás Maduro, presidente –ahora ex– de Venezuela, y claro, la lotería se quedó atrás, en mi nube particular, porque, ¿qué son 400 millones de euros frente a la angustia de un país entero?
Así que debería escribir sobre Venezuela.
Pero yo no tengo mucho que aportar sobre Venezuela, solo transmitiros esa sensación de caos, de horror porque un tercer país secuestre al jefe de Gobierno de otro contra todas las leyes internacionales y se disponga a apropiarse de sus reservas naturales, y, al mismo tiempo, de alegría por la caída de un dictador. Y contaros que tengo tres buenos amigos venezolanos, contaros lo que sienten ellos, alegría-desconcierto-inquietud, pero sobre todo, ella, la que está allá en Caracas, y que escribe –con cautela, nunca se sabe, las represalias– en su Facebook:
«Neo-colonialismo es que me quieras explicar mi propia historia. Neo-colonialismo es que pretendas que yo sea el sujeto de tus utopías».
¿Qué más puedo aportar?