Ahora que somos, según parece, más cultos, más comunicados y más al día en expresiones y lenguaje, decimos que, como provincia, estamos «en recesión». Antes, hace no tanto, habríamos dicho, en román paladino, que «vamos de c*** y marcha atrás».
Lo volveré a repetir, y ya no sé cuántas van en quince años de columna: esta era la provincia más grande, más poblada y más rica… hasta finales de los 70, en que la estrella se fue marchando a, claro, Valladolid.
La más grande lo sigue siendo, eso es inamovible, aunque vaya usted a saber si cualquier día deja de serlo.
Era la más poblada, en parte por su tamaño y en parte, precisamente porque era la más rica. Por entonces, León contaba con más de medio millón de habitantes y Valladolid no llegaba a los cuatrocientos mil.
Y era la más rica. Históricamente había una serie de industrias importantes, especialmente farmaceúticas, una minería extensa, en el norte de la provincia, éramos la cabecera del noroeste de RENFE, Guardia Civil o Telefónica, una ganadería y una agricultura de secano y regadío espectacular, además de un Bierzo que siempre tuvo un gran empuje industrial. Mientras Valladolid, también en ese tiempo histórico, era una provincia básicamente agrícola, algo ganadera si contamos el buen número de granjas avícolas, poca industria y ninguna mina. Eso sí, allí estaba la Capitanía General de la región, la Academia de Caballería y la Universidad.
Y un comentario curioso: hasta esa fecha de cambio de aires, León fue siempre por delante en la matriculación de coches, cosa que se comprobaba con facilidad porque entonces las matrículas llevaban la numeración correlativa.
Todo esto es una recuento en grueso, a puñados, del «estado de la región».
Hoy la cosa es muy diferente. Las minas, por eso de la descarbonización han desaparecido, telefónica, RENFE, Guardia Civil se ha reorganizado, deslocalizado, reestructurado o simplemente huído, la España vaciada tiene aquí uno de sus polo de destino, la capitalidad de la autonomía es un sumidero con una fuerza centrípeta considerable y el ministro de transportes, antes fomento, barre para casa.
Así que, salvo lo del tamaño de nuestra provincia, en todo lo demás nos deja más como tercera provincia de la Comunidad que como segunda.
Todas nuestras cuitas tienen un punto fijo: Valladolid se lo lleva todo, tanto que, alguna otra empresa auténticamente leonesa, quizás por aquello de que el que está al lado de la vaca es el que la ordeña, ha llevado allí su cabecera.
Lo malo es que, siendo ésta la realidad, nosotros no es que hayamos hecho lo que podíamos para no fuese así. Nos quejamos, pero mira que nos hemos dado patadas en el culo, a veces por soberbia, a veces porque ése %va a venir aquí a pasarme por delante» o porque otros han corrido más. Y luego, lloramos sobre la leche derramada. Y es que somos así.
Hay muchas historias de aquello que pudo ser y no fue. Al menos yo he oído, conocido, incluso vivido alguna.
La más general y conocida: La FASA (hoy Renault), iba a venir a León. Por lo que se cuenta, porque esta provincia, por aquellos tiempos de 1951, ya tenía ese principio industrial, además de una privilegiada situación geográfica en el noroeste. Más, hete aquí, que las fuerzas vivas de la ciudad con el obispo Almarcha a la cabeza (dicen), pusieron todo tipo de dificultades, porque, según se transmite de boca en boca, «aquí no queremos humos y obreros». Y se fue a Valladolid.
Otra perla se refiere a Don Pablo, sí ese leonés muchimillonario benefactor de los dominicos de la Virgen del Camino, dueño que fue de la Cerveza Corona y Coronita.
Esta me la contó Jerónimo, uno de los propietarios del Restaurante Novelty (que estaba en los bajos del edificio donde hoy está la FELE). Alguien propuso al Exmo. Ayuntamiento que se le nombrara hijo predilecto de León. La propuesta se votaba en pleno, y ese día, Don Palo se vino a León y, mientras se desarrollaba el pleno, en el Novelty esperaba el resultado… que fue que no (con algún que otro comentario sobre el tema). Según me contó Jerónimo, al final de la comida, le dijo a su chofer «vámonos de aquí, que esta ciudad no es para nosotros». Y perdimos otra baza.
La tercera no me la contaron. Yo la viví. Carlos era natural de Cistierna, vivía en La Coruña y trabajaba en una empresa que fabricaba productos químicos para la construcción y la industria: aditivos, resinas y todo eso.
Después de años y conocer el mercado, decidió montar su propia empresa. ¿Dónde? Pues en Cistierna, su pueblo, qué mejor sitio. Así que empezó los trámites y la búsqueda de terreno para instalar la fábrica. Pero no fue posible. Todo fueron impedimentos y dificultades, acompañadas de comentarios poco amables ya que se había marchado con una mano delante y otra detrás, «y ahora venía a pasarnos sus dinero por las narices». Finalmente en Santander se instaló (Norquimia se llamaba la empresa), con todas las facilidades y apoyo, según él mismo nos comentó el día que visitamos la empresa.
Y aún podría contar alguna más.
Es cierto que muchas de nuestras mejores fuerzas empresariales el tiempo y las circunstancias las han eliminado, y que hoy la villa y corte de Valladolid es un competidor imbatible (lo dicho, el que está al lado de la vaca es el que la ordeña), además de que muchas veces «Valladolid no nos deja ver el bosque» y eso nos proporciona la mejor de las coartadas. Pero es que, además, nosotros hemos sido nuestros más señalados enemigos
Y así nos está luciendo el pelo.
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